dilluns, de juliol 6

Luz

Lo primero que vi fue luz. No importa si no lo recuerdo, es seguro que lo primero que vemos es la luz, algo que ciega de una manera tan natural que lo olvidamos.

La luz es calor, movimiento, vida. La luz guarda memoria de quien la ve, de quien la necesita.

Buscamos en el exterior, en las cosas realmente bellas: pero toda luz es un reflejo, una anécdota visual.

¿Dónde está y que significa? Nadie lo sabe: sólo se sueña -porque la luz nace de un abrazo del interior.

¿Qué nos cuenta cuando la vemos? Nadie lo sabe: no siempre nos ilumina.

Pero la luz está allí: aliada permanente de nuestro paso inseguro, de nuestro deseo. Saber verla es destino y deseo; sentirla es vivir... y con eso basta.

dimecres, de maig 27

Memoria

Tengo cada vez más problemas para recordar las cosas. A veces, cuando despierto, no logro siquiera reconocer mi cama, mi habitación, mi rostro.

No es algo nuevo. Desde pequeño, me guío más por las memorias ajenas que por las propias, tan poco fieles que también son propensas a la imaginación.

Y es que quien no recuerda, desea haber vivido, que las cosas tengan una historia propia, que todo cuente algo.

Por eso pongo tanta atención en la vida que pasa: me esfuerzo por recordar el pájaro que acompaña, con su canto, el aroma a pan nuevo que surge en las mañanas; la señora que me ve con sorpresa cuando la veo correr con sus hijos; la gota indecisa de un grifo que no cerré bien para tener compañía...

Desde luego hay cosas que permanecen. Una iglesia que desconozco, pero que se asoma a mi ventana para recordar su existencia, las nubes que, no siendo las mismas, tienen memoria del mar o río que fueron, las paredes, todavía blancas.

Sobre todo hay, encima de mi mesa, una pequeña botella de vino casi vacía. Dos pequeños ramilletes de flores lo habitan: me las dieron hace algunos meses -o eso creo- y aún siguen allí, con pasividad, viendo como corre el tiempo.

Me recuerdan a quien me las dio: esas manos que crean el mundo, esos ojos que le dan sentido. Y entonces sonrío un poco.

Poca cosa pueden parecer estas flores en una botella, el no pedir más que lo que se desea dar. Pero para alguien que nace en cada día, simboliza que se ha vivido bien y en la mejor compañía.

diumenge, de maig 24

Amor y fe

Describirlas es complejo. Sería labor de varias vidas saber, conocer de qué se tratan, por qué existen. Lo dejaré para la próxima.

Sé que no se puede vivir sin ellas, que son inasibles y, por eso, desatan tanto deseo, que son sueños soñados por los sueños, que no existen.

Y, sin embargo, cada pensamiento las convoca, como hadas o sortilegios, como deseo. Amor y fe, dos caras del mismo corazón.

Pueden estar en lugares distintos, pueden emerger lejos una de la otra, pero siempre habrá un vacío insondable a su alrededor.

Y es que sin amor, la fe es fría, vacía. Es una vereda recta y oscura, es el futuro sólo,sin sustancia, es un dogma.

El amor sin fe es aún peor. Desconfía, crece sin sombra ni asidero, quema todo a su paso y fácilmente odia.

El amor y la fe, a partes iguales, pueden salvar al mundo.

dilluns, de maig 18

Padre

Mi padre fue un soñador. No es una metáfora: gran parte de su vida la pasó soñando, yéndose lejos, cerrando los ojos ante la vida.

Creo que no es necesario decir que siempre estuvo ausente. Por las mañanas, cuando aún tenía conciencia, solía tomar con amargura una taza de café antes de salir a la calle: para él era un sufrimiento constante encontrar gente, hablar.

Contaba historias que nunca sucedieron, aunque de niños las creíamos a pie juntillas: todavía me sorprendo argumentando que es posible que, durante las noches, los gatos remontan el vuelo hacia un país en el que reinan y son felices.

Era un soñador y, como tal, hacia cosas extrañas. Un día dejó de comer, porque eso le producía un desconcierto innecesario. Si tenía hambre, remontaba hacia el sueño para alimentarse de cualquier cosa que su imaginación le ofreciera.

Nadie lo dice, pero los sueños son la droga más poderosa y adictiva que existe. Alteran la visión de la realidad, nos distancian del mundo, nos separan de la vida. Pero, al mismo tiempo, hacen que valga la pena vivir.

Tiene algunos años que no he visto a mi padre. La última vez lo vi caminar, con la mirada quemada, atento al suelo, como buscando algo que perdió. No me reconoció, o eso creo, y siguió su camino. Yo lo vi, a lo lejos, elevándose entre las nubes y mezclándose con el cielo sin darse cuenta.

divendres, de maig 15

Esperar

Quien espera está envenenado, pero posiblemente no lo sepa. El que espera sueña, tiene una certeza fundada sobre las nubes, sabe que la incertidumbre ronda. Quien espera está condenado.

Sabe que las cosas llegarán, a su debido tiempo. Tiene la palabra de un músculo mecánico, de una idea. Pero las ideas sólo son aire caliente que se acumula, que ciega a aquel que lo contiene por mucho tiempo.

Suelen fumar durante las tardes lluviosas, mirar al cielo, callar. O hablar de mas, bromean, parecen despreocupados, confiados en que siempre tras un minuto habrá otro, y en aquel instante decisivo estarán preparados para tener razón.

Se los ve solitarios, taciturnos, acechantes a veces, a la espera de la menor distracción del destino para cambiar al mundo según sus condiciones, según sus sueños. ¡Oh, maravillosos cardos que se creen juncos!

También suspiran, porque piensan que ese aliento llegará, en forma de inspiración, al pecho de la persona que se espera. Quien espera suele vivir de sombras, suele soñar de más.

Quien espera no recuerda que, en la caja de los males del mundo, el último que salió fue la esperanza.

dimecres, de maig 13

Casa

Abrir los ojos para verte, para verle. Analizar cada espacio, y en cada espacio encontrar un paso, una mirada, algo que cuente lo que fui.

Lo que fui, esa gran ficción. Recordamos por voces de otros, pertenecemos sin recordar. Nuestro nombre es una convención de la costumbre, todos nuestros pasos, mamá y papá.

Esa pareja extraña llena de sueños. Impresiones en papel amarillo, hecho de tiempo, que cuelga de una pared blanca en la que también colgará, eventualmente, la foto de la mujer que ame.

Y amar, ya se sabe, es subjetivo. Porque, por ejemplo, amo esta casa, aunque no haya vivido lo suficiente en ella, aunque muchos libros, películas, recuerdos, sigan esperando su turno en cajas que se agolpan, como los recuerdos.

Aquí sólo pasa mi familia. También alguien tan especial que quiera recordar, que quiera que permanezca entre las paredes difusas de mi memoria. Mi casa es una metáfora del tiempo y el corazón, y como tal la defiendo, contra todo, contra mí.

La luz va envolviéndolo todo; las cosas negras adquieren cierto fulgor dorado que hace flotar las flores que siguen sobre la mesa. No necesito más para sentirme vivo.

dimecres, de maig 6

Catedrales

Para Asturiela.

Nunca lo pensé como un método, como un lugar seguro dónde esconderme. De hecho, a lo largo de mi vida la Catedral ha sido escenario de algunas anécdotas tristes que no logro recordar del todo.

La primera imagen que viene a mi memoria -como sabes, hecha más con imágenes ajenas que propias-, fue la de un Cristo negro que, según la leyenda, absorbió el veneno que mataría a un obispo.

No soy religioso, y suelo dudar mucho de las historias que me cuentan, pero, ¿y si fuera una metáfora, si pudiéramos absorber el mal del mundo y sacarlo, aunque terminemos negros en el intento?

Desde entonces -tendría, quizá, unos cinco años-, la Catedral tiene una carga simbólica diferente para mi. Es el lugar en el que pienso, más aún que en cualquier otro lado, es donde puedo descansar del correr del tiempo, es donde puedo soñar.

Y soñar, ya se sabe, es tan nutritivo como el pescado. De esos sueños, delirios gozosos, han nacido las grandes decisiones de mi vida, de ese contraste raro entre un lugar frío, pero lleno de luz. La poesía nació de un juego de luces que nadaba en la pila del agua bendita, por lo regular siempre seca; la foto también es un regalo de la luz que se filtra en los rincones más oscuros, las capillas pequeñas...

Me gusta observar, y la penúltima banca es el mejor punto para hacerlo. Allí puedes ver a la gente con sus máscaras: algunas barrocas, otras de piedra o porcelana y, las menos, tan transparentes que su duelo o alegría es casi contagiosa. Me gustan las máscaras.

Desde que comprendí las formas en que la luz inspira en ese punto específico, entendí que somos una metáfora del mundo y que el corazón debería ser nuestra catedral portátil, un lugar que no importa el sitio en el que nos encontremos, siempre será un refugio.

A veces, cuando no puedo sentarme en algún rincón de la Catedral para contemplar la vida, y me siento agobiado o triste, cierro los ojos y remonto el vuelo. Llego con la imagen de alguien que ha caminado por años -y lo he hecho: te sorprendería saber desde dónde vengo-, llego triste, cargado de la sombra propia de la vida.

Esa es otra imagen: degustar sombras. Terminar con la parte triste del sueño, ver cómo ha dejado de llover y disfrutar el aroma que deja la vida tras de sí. Dejar de pensar en el tiempo, vivir finalmente dentro del corazón, sin temor de ningún tipo.

Siempre he ido solo a la Catedral; es un espacio importante para estar callado, para contemplar. Por eso sería un sueño ir, alguna vez, a compartir la ausencia del tiempo, a limpiar las lágrimas; en fin, a compartir ese silencio especial que antecede a la vida.

dilluns, de maig 4

Insomnio

Despierto a la hora en que, supongo, piensas en mí. A partir de allí, dormir es imposible.

Por lo regular, tomo el primer café de la madrugada y miro al techo o a la ventana: a esa hora, con las estrellas adormiladas, es casi lo mismo.

Ayer fue diferente: tuve un sueño. En él caminaba por una plaza, bajo un sol potente y sin nubes en el porvenir. Caminaba sin moverme, pero tampoco se puede decir que eso me incomodara.

A lo lejos, apareciste tú en una fuente. Estabas sentada, tomando un café y mirando a ningún lado. Supe hacia dónde tenía que ir en ese instante.

Me señalaste un lugar junto a ti, sin verme. También me diste un agua tan cristalina que la luz se doblaba en colores cuando la golpeaba. Tenía sed y no lo sabía.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí, bien visto, jamás nos hemos movido. Es tiempo, te dije, y de buena manera te preparaste para andar el camino.

No me sigas, camina conmigo. No sé quién lo dijo, porque en ese momento regresé a mi cuarto, donde la luz del día se arrastraba perezosamente.

Más o menos a la hora que, supongo, piensas en mí me despierto. Y desde entonces es imposible no soñar.

dilluns, d’abril 13

Mirando al cielo (I)

No las veía con envidia: era más la sensación de buscar eso que tenía sobre la cabeza siempre, mirar más allá de esto.

Tampoco soy un poeta: sólo que, algunas veces, me gusta imaginar que hay algo más que esto en la vida, que el camino nos lleva a algún lado.

De hecho, caminar ha sido mi vida. Era simplemente hacer surcos que otros llegarían con semillas, regarían y cosecharían. Para ese tiempo, yo estaría en otros surcos, otras tierras.

Mirar al cielo, vaya pérdida de tiempo. Pero no lo hago por envidia, o por distracción, es porque estoy seguro que allá, muy lejos, alguien puede ver lo que estoy pensando, alguien cansado que hace surcos entre las nubes.

Viajar

Nadie sabe por qué viaja el hombre. Por hastío, por conveniencia, por aburrimiento. Seguro es por aburrimiento.

Justo ahora, mientras espero que un aparato, nacido de una especie de sueño que me llevará lejos en poco tiempo, he pensado que siempre estamos viajando
Porque el viaje no es sinónimo de distancia, es sólo un largo recorrido.

Mucho tendría que ver quien quisiera conocer mis viajes, la mayor parte de ellos para intentar descubrirme. Pero de poco han servido, suelo llevar mi propia isla interna a todos lados.

Viajar es dejar atrás cosas, sitios, personas a las que se sabe que volveremos, de una u otra forma. Es saber que es imposible huir de la vida.

También es un reto, una manera de abrir de nuevo los ojos para sorprenderse. Y hacerlo con tanto gusto.

divendres, d’abril 10

El camino de la cabra

Llegamos a la última estación del metro sin resuello. Con las últimas fuerzas, mi hermano sacó una moneda de 20 pesos de su bolsillo.

- Compra los boletos para regresar.

Me molesté un poco. Habíamos caminado durante cinco horas por la ciudad, bajo el rayo del sol, sin tomar agua, cuidándola y corriendo cuando se nos escapaba, ¡y tenía dinero para pagar el pasaje!

En medio de mi indignación, saqué un billete de 50 pesos y compré los boletos. Entramos con el sigilo que nos viene de herencia, como buenos escritores vasco judíos, y pasamos los tres por el umbral de la estación. Un balido justo antes de pasar el torniquete nos heló la sangre.

- Ella también paga, 'mai'- nos gritó, desde el fondo de la estación, un policía chaparro y gordo que no separaba los ojos de su móvil. Tuve qué salir a comprar otro boleto.

I
Debo aceptar que el cuadro era bastante exótico: dos escritores judíos, uno de ellos excepcionalmente inteligente y el otro apenas crítico de cine, ambos con buena plática y cierta afición por el café. Entre ellos, una cabra -no una cabra grande, ni chica, sino una cabra como suelen ser las cabras.

Sigo sin comprender dónde se nos pegó. No sé si fue a la salida del periódico en el que paso horas vegetando, destripando películas románticas, porque justo afuera había una manifestación de campesinos pidiendo más abono para sus granjas, ubicadas en medio de los pantanos de Tabasco; también pudo ser mientras comíamos birria en un mercado cercano y que, viéndonos como los gallardos y veloces caballeros que podemos ser, si nos sentimos amenazados, nos vió como sus salvadores...

Lo más probable es que se nos haya unido al salir de la función de prensa de la nueva película de Angelina Jolie, a la que suele ir todo tipo de fauna: desde blogueros hasta reporteros de espectáculos, desde 'intelectuales' que andan siempre con el Resnais en los labios, pero que se echan también todas las de Martha Higareda, hasta los que vamos obligados por el hambre.

Seguramente era la mascota de alguno de ellos que, cansada de su plática que aburre hasta a las ovejas, decidió cambiar de aires. El hecho es que, de pronto, nos encontramos afuera de un cine con una cabra en brazos y sin un rumbo fijo.

II
Chalco. Eso fue lo que se nos ocurrió cuando pensamos en un lugar donde podríamos liberar a la cabra en un ambiente natural, lejos de taqueros que amenazaran su vida. Así que decidimos ponernos en marcha.

La cabra nos seguía de muy buena gana. Quizá sea por los granos de café que le dábamos, o porque íbamos deshojándole la última novela de Xavier Velasco para que tuviera algo que rumiar -porque, merced a su buen gusto literario, no la tragaba-, pero iba de lo más tranquila, caminando rumbo al Circuito Interior.

Teníamos poca información biográfica de la cabra. Sabíamos que era blanca, balaba, tenía cuatro patas y, a ojo, unos 10 kilos de peso. También tenía una plaquita de identificación, donde se decía que su nombre era Bellie y venía de Nueva Zelanda, pero no tenía la dirección de sus dueños, entrenadores o engordadores. Incluso, a pesar de sus protestas, la pusimos de cabeza para ver si no tenía algún dato que nos ayudará a llevarla a su casa: allí nos dimos cuenta que era toda una dama.

El punto es que, supongo que por la relación amistosa que durante siglos hemos guardado judíos y cabras, no nos dejaban subir en el metro. También supongo que el hecho de que mi hermano se dejara crecer la barba y que yo estuviera vestido completamente de negro, le hizo pensar al oficial en turno que haríamos algún rito satánico entre Zapata y Coyoacán.

Lejos de reclamarles su poca sensibilidad, salimos del metro e intentamos infructuosamente abordar un taxi; incluso algún infame ruletero nos gritó que volviéramos a nuestro pueblo. Luego de dos horas de intentarlo, empezamos a considerar la posibilidad de llegar caminando.

III
- Es un perro, de una raza yugoslava. Si fuera cabra tendría cuernos, ¿no?

Mentí con todas mis fuerzas al abordar el microbús en Churubusco. No sé si fue mi capacidad para convencer, el poco conocimiento zoológico del chófer o que habían dos patrullas de tránsito pisándole los talones, pero al final nos dejó subir, previo pago de 12 pesos extra por el perrito.

Apenas dos cuadras después sucedió una tragedia: justo frente a una taquería, Bellie soltó un balido que bien pudo resucitar a todas las cabras sacrificadas desde el origen de los tiempos.

Obviamente el chófer notó algo extraño en el peculiar ladrido de nuestro perro, por lo que nos mandó a tomar aire 'con todo y chivas', literalmente.

¿Conoces la expresión 'meterse en la boca del lobo'? Supongo que la pobre Bellie la entendió cuando paramos en esa taquería de Iztacalco, donde comía cilantro mientras veía de reojo al taquero afinando el cuchillo.

No sabíamos qué hacer: nuestro dinero iba menguando a la misma velocidad que nuestras fuerzas, aún más cuando descubrí que tenía un pequeño agujero en los bolsillos que permitía a mi tobillo sentir los objetos que introducía en el pantalón.

Así, sin dinero, cansados, en Iztacalco y con una cabra, decidimos seguir peregrinando.

IV
Supongo que la visión que tuvo el patriarca Moisés de la Tierra Prometida es la única que se puede equiparar a la que tuvimos nosotros cuando llegamos al Bordo de Xochiaca.

En nada nos parecíamos a los dos intelectuales que, tres horas antes, discutían acerca del talento histriónico de Angelina Jolie en películas como Tomb Raider o Agente Salt. Ahora, ajados, polvosos y con una cabra a cuestas que cargábamos por turnos, parecíamos en verdad pastores que buscaban las aguas del Mar Rojo.

Según el mapa que revisamos en el móvil, estábamos a unos cuantos centímetros de llegar a Chalco, la Tierra Prometida de Bellie y el fin de nuestra travesía. Pero el destino es un escritor cruel, y nos tenía reservada otra sorpresa.

Justo antes de llegar a Santa Martha Acatitla, vimos otros pastores -más modernos, ellos iban en camionetas y nosotros a buen paso semítico-, que llevaban sus cabras al mismo sitio.

- ¿También van a la feria de la barbacoa en Chalco? Los llevamos, para que no se canse el animalito.

Quiero pensar que mi hermano juzgó que yo tenía fuerza suficiente para seguir cuando les contestó: no, él nació cansado.

Ahora no sólo estábamos cansados: nuestras ilusiones estaban completamente enterradas en un horno para barbacoa.

V
Llegamos al metro sin ilusiones. Cansado, mi hermano extrajo una brillante moneda de 20 pesos, de esas que tienen la estreñida faz de Octavio Paz afeándola.

Justo cuando estaba buscando en mi saco un objeto contundente para hacer lo que haría todo buen judío desde los tiempos del justo Abel, recordé que guardo la cartera en el saco, porque suelo romper los bolsillos de los pantalones desde que tenía unos tres años.

Una de las ventajas de abordar el metro en la terminal es que puedes elegir el asiento que prefieras. Eso operó en el caso de Bellie, que se sentó junto a la ventana. Se veía más contenta aún, admirando cómo pasaban las luces por el cristal.

Quedaba un problema por resolver: ¿qué hacer con ella? Un cocido o un buen caldo estaban descartados, por el momento. Decidimos ir a mi departamento para discutir los problemas éticos que supone comerte a alguien que ha vivido medio día contigo.

VI
Pensé que, ante el alto nivel cultural de mi casera que nació, creció, se reprodujo y seguramente será enterrada en el suelo santo de la Condesa, no se tragaría el cuento del perro yugoslavo.

No sólo eso: nos contó que ella había tenido uno igualito, pero que unos grotescos inquilinos argentinos se lo habían zampado en un asado. El punto es que, a la mejor memoria de su mascota, sádicamente aderezada con chimichurri y acompañada con papas y berenjenas, sacrificadas sin necesidad, dejó que Bellie se quedará con nosotros.

Al terminar el día, por fin un cuento de judíos tenía final feliz.

EPÍLOGO
Desde hace un par de años, Bellie es parte de la familia. Asiste a las bodas, canta en los cumpleaños y ayuda a mantener lejos a los ladrones, posiblemente por los nada tiernos cuernos que coronan su cabeza.

Yo creo que la casera ya descubrió que no es un perro, aunque igual sigue trayéndole croquetas de vez en cuando. Desde hace por lo menos unos 14 meses, ya tomo café con leche (de cabra, desde luego) y estoy empezando a considerar la incursión en el negocio de los quesos.

Bellie resultó ser muy selectiva con su alimentación, además de una fantástica crítica literaria: mientras devora con avidez clásicos como La Divina Comedia, el único libro de Daniel Krauze sólo lo probó después de pasar una semana sin poder ir al baño adecuadamente. Allí comprobé que hasta los malos tomos pueden ser útiles laxantes.

No nos hemos preocupado por encontrar a sus legítimos dueños, aunque quizá deberíamos: cada tercer día aparece por lo menos un taquero al acecho en la acera del frente.

divendres, d’abril 3

El Año Pasado en Marienbad

Existe un lugar en el que el deseo y la memoria se unen, confundiéndose. Y si no existe, es seguro que alguien ha soñado en algún momento con encontrarlo.

La anécdota cobra un valor diferente cuando esta memoria del deseo tiene la forma de alguien que debe honrar su palabra, aunque esta resida en la memoria de alguien más.

Más o menos este es el conflicto que existe en esta obra maestra del poeta Alan Resnais, en la que todo se confunde en una historia que, en apariencia, carece de diálogo.

Como todo, hay historias que llegan en el momento adecuado, y esas son las mejores. ¿Hasta qué punto Él tiene razón, y cada una de las cosas, los lugares que narra, las acciones, pasaron en realidad?

Ella es la otra parte de la ecuación. No lo conoce, o eso parece, y todo lo que el dice no pasó en realidad. O quizá...

Ese es el mayor logro de esta película, ¿qué tanto nos pertenecen las memorias, cuánto son en realidad deudoras de los deseos, propios y ajenos, y que tan fieles son?

Todo es una ironía: Él lo recuerda todo, o eso parece, pero no sabe su nombre. Ella no tiene memoria de nada, pero desea saber su nombre, en todo momento, quiere conocerlo de algo más que su memoria.

¿No será así la vida, que quienes todo olvidamos queremos aferrarnos a un nombre amado, que nos diga algo, y quien todo recuerda reinventa la historia?

dijous, d’abril 2

De lo que hablo cuando hablo de correr

Para mis hermanos.

Aunque parece algo natural, no siempre lo es. Es una de esas maravillas cotidianas, como respirar o abrir los ojos y percibir que alguien dispuso un mundo lleno de colores para tomarlo, para vivir en armonía con él.

¿De qué escapa cuando el corredor pone los pies en el piso? ¿De la rutina, de sus propios fracasos, de sí mismo?¿Avanza hacia algún estado del alma, para alcanzar sus sueños, para no quedarse inmóvil, muerto?

Es curioso cómo empieza todo. Te preparas desde antes de despertarte, calculando cuánto avanzaras hoy, sintiendo cómo las fuerzas se van acumulando en las piernas y el corazón. Antes de salir, descubres cada uno de los músculos de tu cuerpo, respiras, te sientes vivo.

Instantes antes de empezar, la sangre se agolpa en las manos, en las sienes; el mundo late bajo la batuta de tu corazón. Aparecen algunos viejos dolores, como miedos traicioneros, para desalentarte: muchos abandonan en ese momento la idea de correr sin aparente motivo.

La música ayuda, claro. Pero también el silencio, el canto de los árboles y los carros pasando al lado, el jadeo de otros corredores que también se enfrentan a sus propios demonios, pero tienen el tiempo de desearte buena suerte a la distancia. Aunque corra para él, un corredor nunca está sólo.

Correr no es acumular kilómetros, al menos para mí. Ni medallas, aunque importan, desde luego. Es sentirse parte de algo mas grande, es agradecer por poderlo hacer. Es convertirse en una fuerza de la naturaleza, como el viento o las nubes, y pasar lo más rápido posible por el mundo, para que tenga mas tiempo de recordarnos.
La de ayer no fue una noche grata. Se colaron entre mis sueños algunos miedos viejos, algunas incertidumbres que creí enterradas en el pasado.

Entraron sigilosamente, sin hacer ruido, se posaron en mis ojos, en mi boca, no dejaron que la realidad o el sueño me salvara, me sacara de ese laberinto hecho de brea. Tuve miedo.

Y es que con los temores no hay de otra: o te vencen o los vences, o te matan o ,os haces desaparecer. Pero al desaparecer estos miedos, vendrán otros a ocupar su lugar, quizá de una forma más tiránica, quizá más dramática.

Entre los ruidos de la noche se coló la piel de un gato que parecía llevar varios días de muerto. Los zumbidos de los mosquitos tenían un cierto tono de amenaza, la casa se hizo amplia como boca de lobo. Me sentí sólo.

Me levanté y tomé aire. Fui por un poco de agua, y el camino parecía inmenso, sin sentido. Di vueltas por el cuarto, tratando de encontrar el grifo que no se ha movido en milenios. En lugar de agua, me bebí de un sólo golpe todas las lágrimas que he derramado en silencio.

Respiré. Mis manos aparecieron en la oscuridad, como dos luces pálidas entre las sombras. Me aferré a ellas, mi herramienta de trabajo. Me sentí pequeño, vulnerable.

Es difícil para un hombre sentir miedo, no es lo que se espera, pero sólo reconociendo los temores podemos vencerlos. Un hombre valiente no es el que vence todos sus miedos, sino el que los conoce y los enfrenta por defender a quien lleva en el corazón.

Creo que me estoy haciendo valiente. Pero aun tengo miedo.

dimecres, d’abril 1

Cartas

Cuando era pequeño, me gustaba escribir cartas. Mientras los demás niños jugaban fútbol durante los recesos en la escuela, yo me sentaba junto a la ventana a mirar largamente, hacia ninguna parte, y escribía.

Desde luego, de esos primeros intentos epistolares nada queda, cuando mucho una libreta llena de borradores. Nunca las enviaba, aunque entonces me inventaba destinatarios en destinos fabulosos, escribía cursilerías con tinta de colores y las cerraba.

Pensaba que, llegado el momento, les saldrían alas y llegarían a donde deberían estar. Porque para eso se escribe: para que una sola persona evoque algún sentimiento, para que se empoce y se haga parte de su memoria.

Con la adolescencia quizá perdí ese don. Prefería la inmediatez de lo electrónico, su impersonalidad; es práctico y conveniente: no se gasta papel, no se invierte casi tiempo y cumple la misma función, al menos en apariencia.

Ahora, a tanto tiempo de distancia, siento un poco de nostalgia por la letra escrita con mis manos (lo digo en plural porque soy ambidiestro). Detener el tiempo y dedicárselo a alguien en particular, dejar un reguero de luz en el papel, como sangre de luciérnaga en la noche, esperar en la oscura incertidumbre de la respuesta, si la hay.

Quizá vuelva a escribir cartas. Pero en esta ocasión, tendrán motivo y destino.

Esperar

La espera es un arte que no domino. Nunca he sabido cuándo, cuánto es debido, y pasa con todo en la vida: no importa si es un café, un sueño o una promesa, a veces espero de más... y otras tantas espero de menos.

Supongo que será más fácil para las piedras, pues su función primordial es esperar por ver cómo acaba el mundo. Eso o esperar la mano que las levante, que las haga cimiento de algo o que las lance lejos, en un juego de niños, para alcanzar el infinito.

He conocido a gente que sabe esperar. Se le nota en los ojos, que son calmos y, por lo regular, apagados, acostumbrados a latir con un fuego sereno, que ilumina y no consume. Se sientan al borde de la vida para levantarse, una sola vez, y al parecer para siempre.

Nunca he sabido si fallan o no, parecen tener atado al corazón un cronómetro tan preciso que las cosas se acomodan al tono de sus suspiros. Saben cuándo hablar y también cuándo callar, cuándo las cosas son suficientes y cuándo deben esperar un poco más, aunque los años se les caigan de las manos.

No me gustaría imitarlos, no podría. El fuego de mis ojos no suele servir para calentar una noche tibia: abrasa cuanto puede, no esperan mis labios o mis manos para dar las palabras que creo necesarias. Soy, ante todo, un hombre acostumbrado a resolver o agravar las cosas al instante.

La gente que espera tiene la sombra firme, y por donde pasa deja huella. Me sé efímero y latente, sé que no puedo esperar algo que no puedo ver. Y en ello me va la vida.

dimarts, de març 31

El Cielo Sobre Berlín

Creí haber visto decenas de veces esta película, pero hasta hoy pude comprenderla. Será que, como todas las cosas, llega el momento adecuado para comprender, para sentir que lo que está en la pantalla es algo que nos habla, que nos habita más allá de la simple anécdota.

Desde la primera vez que vi la película, la atesoré entre mis favoritas. No sabía bien por qué, quizá es que la veía desde el lado superficial de la belleza -y es que, como a Damiel, todos nos sentimos atraídos por las cosas bellas.

Pero hay algo más: la sensación de saber que hay alguien que nos mira, nos escucha de forma anónima, comprensiva, atenta; saber que nunca estamos solos, que siempre existe algo pendiente del paso que damos, es algo que consuela y entusiasma.

Las reflexiones son profundas, los poemas que construyen esta cinta con apenas diálogos, son fundamentales para conocer, comprender el porqué los niños y los artistas podemos percibir ese más allá pleno, eterno, lleno de alegría.

Durante años observé la vida desde afuera, pues pensaba que para crear habría que aislarse de la gente, de las cosas comunes. Pensaba que la mejor forma de interpretar un sueño -toda la vida bajo el sol es sólo un sueño, se dice en algún momento-, era materializándolo, haciéndolo un objeto de estudio.

Pero no se puede desear el agua sin sentirla, el abrazo cálido sin alguien que lo espere, que lo vea. Los colores, la vida cotidiana, morder una manzana o un pan -y vivir sólo de ello, encontrar un ángel entre los miles de rostros de cada día... ¡Eso es la poesía!

Nunca estamos solos, los artistas, de alguna manera, somos ángeles caídos que sentimos con una mayor pasión el mundo, porque todo es nuevo y fascinante. Somos actores, como Colombo, trapecistas, como Marion, niños, como los que se preocupan por saber qué pasa cuando Damiel siente miedo de no encontrar lo que busca.

Por eso nos fascinan los colores vivos, por eso amamos los sabores, por eso esperamos el abrazo. Por eso veo cotidianamente al cielo, lo retrato con cautela, lo sueño: por eso vivimos anhelando, deseando como no lo puede hacer cualquier otra persona, porque es nuestro deber mostrar qué bello es el mundo y qué importante es disfrutarlo.

Sabía que esta película tenía algo qué decirme. Lo dijo hoy y soy feliz.

dilluns, de març 30

La vida imaginada

Se asoma
Tímida como un rayo de sol
Por las oscuras calles de la madrugada
Si puede, desliza un pie
Una flor o una mirada
Se torna sol impertinente
Se asoma

Es anuncio del fin de la batalla
Escampe absoluto de la tormenta
Que hace siglos se agolpa en el muelle
Que es el corazón
Es palabra y es silencio
Premonición del mañana

¿Qué aroma de nueva memoria
Nos presenta la vida imaginada,
Qué color nuevo
Qué nueva presencia?

Se asoma
Tímida como aroma a pan tibio
Ganado por años de sombras
Como flores pequeñas y eternas
Como recuerdos que no debemos fingir

Será que es el fin de un camino
El paso monótono de una piedra
Será que es amenaza
De la invasión de los sueños
Del regreso del futuro

La vida imaginada
Se asoma, tímida
Y yo la espero
Porque no quiero espantarla

diumenge, de març 29

Preocupaciones

Nunca he entendido muy bien cómo funcionan las necesidades humanas. Será que comer, como lo que sea, duermo en cualquier lugar, amo en el momento que se presenta la ocasión. No hay más allá.

Será que tampoco tengo aspiraciones más allá de esto. Si hoy hace calor, busco la sombra hasta que siento el frío, y si hace frío, corro para calentarme, no necesito más.

Pero que no se me malinterprete: claro que tengo sueños. Como dicen, yo fui el que sobresalía en mi camada: no sólo era rubio, también era inteligente, aunque las casas, los lugares cerrados, no eran para mi.

Por eso tomé este camino y andando lo encontré: parecía un perro viejo, sarnoso y con el aroma de quien no ha tocado el agua en años. Con todo, fue el primero que me dio un pedazo de tortilla luego de vario tiempo sin comer.

Aunque no comprendo muchas cosas, sí que entiendo de lealtad: es algo que la familia valora mucho desde hace siglos, sin exagerar. Así que me quedé con él, quizá menos por ayudarle que porque era una mascota divertida.

Cada mañana salíamos de debajo de un puente, donde teníamos nuestra casa. Allí se duerme realmente bien, con el calor de los cartones que se parece tanto al de mamá. Caminábamos aparentemente sin rumbo, pero siempre dábamos a la misma iglesia, con su huerto lleno de árboles tan atractivos para, ahm, ya saben.

Siempre se quedaba viendo a la puerta, muy serio, como si esperara algo. En cuanto sonaban las campanas, corría muy rápido, será que lo espantaban. Sé qué es eso: si estalla un petardo no hay galgo que me gane.

Luego de eso vagábamos un poco más, buscando entre los botes de basura. Mi olfato es muy fino: sé determinar con precisión cuanto falta para que algo se descomponer, así que jamás corrimos peligro de morir por envenenamiento.

Se sentaba en un portal, estirando la mano, viendo hacia arriba a los que pasaban, con una cara tristísima. A veces lo acompañaba, no faltaba un buen cristiano que nos diera algo que estaba comiendo, aunque la mayoría nos daba monedas.

Cuando me aburría, que era la mayor parte del tiempo, me gustaba meterme en la fuente que estaba en una plaza cercana, corretear a las palomas o las burbujas que tiraban los niños. Al principio me veían con recelo, lógico, pero luego me hice tan familiar que hasta un nombre me dieron.

Luego de comer, venía la mejor parte del día: solía pasarse las tardes contando historias de una familia y una casa en el campo, que dejó luego de no sé qué drama, que luego tuvo problemas con el alcohol y la soledad y que entonces llegué yo.

No sé quién dijo que los niños y los borrachos dicen la verdad: siempre contaba una historia distinta (¿o serían porciones diferentes de la misma?), pero siempre terminaba igual: algún día volveré a mi casa, estaré con mis hijos, seré feliz.

Si eso pasó o no es algo que no puedo decir. Lo que sé es que una noche, más lluviosa que lo normal, se quedó dormido en el puente y no se movió, por más que lo intenté. Como la lluvia apretaba, corrí hacia el único lugar seco que recordaba, la iglesia.

Luego de arañar la puerta, se apareció allí, vestido todo de blanco, con la mirada serena, ¡y bañado! Me dio mucho gusto ver que sí había vuelto a casa y me hubiese gustado estar limpio antes de entrar a su casa, pero ya se sabe que es cosa difícil en la calle.

Entendí al poco tiempo -no por nada era el más despierto de mi camada- que no era él, sino su hermano. Comprendí que algo pasaba porque, al abrazarme, comenzó a llorar, pero no entendí bien qué era tan triste, porque la gente tiene formas raras de hacer las cosas.

Desde entonces vivo allí, en la sacristía. Y aunque me dan de comer y un buen lugar donde dormir, nada es gratis: cazo ratones y ahuyento a los distraídos ladrones que llegan a saltar la vieja tapia: si supieran que a duras penas sobrevivimos el cura, el sacristán y su familia y yo, quizá hasta nos dejarían algo de comer.

La vida es simple: como cuando tengo hambre, si hace frío busco el calor, si tengo sueño, duermo. El amor lo dejo para los jóvenes, ya saben que perro viejo no aprende truco nuevo. Por eso es que no entiendo porqué la gente se preocupa tanto.

dissabte, de març 28

Ciudad

Con sus ruidos,
Respiración cansada de fábricas y obreros
Agitados murmullos de amantes rezagados
Memorias de una noche más que acaba

Con sus aromas
Siempre diluidos en la bruma
Ignorados por trascendentes, terribles porque nos recuerdan nuestra humanidad

Con su textura,
Piedra que sentí contra mi espalda cuando niño
Alfombra de jacarandas tantos años después,
Con su mano suave que hiere cuando acaricia

Con su cielo sin chiste que nos mira
Que pude colores prestados
Eternamente gris y a punto del llanto
O de la lluvia, que remojar miserias
Y concede el perdón

Con sus huellas,
Mis propios pasos en su memoria infinita
Con su mañana mejor que ayer,
Pero negado por los recuerdos
Materia servil del deseo,
Con su historia y con quienes la relatan
Con la mujer a quien espero,
Con la certidumbre de quien nada pierde
Así amo a esta condenada ciudad.

Los muertos no salen bien en las fotos

No lo había tomado en cuenta hasta que vi su foto en la televisión: no era precisamente guapa, ni fea, ni tenía un rasgo distintivo: era una muchacha como cualquier otra.

Pensé en que, quizá, la hubiera conocido en el supermercado o quizá pagando algún servicio en la oficina de gobierno en que trabajo. Quizá la habría saludado y tal vez hasta me habría dicho su nombre.

Claro que saldríamos. Iríamos por helados -de vainilla para ella, de menta para mi-, pasaríamos lentamente por las calles del Centro y, quién sabe, quizá quedaríamos una vez más.

En esa ocasión llevaría mi cámara -soy un poco miope y mi memoria es muy mala-, y le robaría un retrato mientras mira con desparpajo al cielo. Ella se enojaría un poco, luego menos, arrugaría un poco la nariz y se echaría a reír, quitándome la cámara de las manos.

Luego de un par de cafés y helados -de vainilla para la dama, menta para el caballero-, nos despediríamos antes de que perdiera el vuelo. Yo aprovecharía para imprimir su retrato y guardarlo secretamente entre los archiveros del trabajo.

Lejos de ella me sentaría, como cada mañana, a echar un ojo al periódico, otro al noticiero y uno más al café que hierve -cosa rara esta multiplicación de los ojos en la mañana-. Me sorprendería su foto en las noticias, junto con la de tanta gente que, sin consultarnos o desearlo, simplemente desaparece.

divendres, de març 27

¿Qué se ha perdido en la sedosa indiferencia de la noche?
¿Una obvia moneda de plata, gotas de leche estelar,
El futuro que no veré?

¿Se han perdido las palabras
Que nombraban las cosas por su alma
Y no por lo que son,
Se han perdido las memorias
De todo aquello que éramos
Un poco perdidos, sin vernos?

¿Se ha perdido la conciencia
La necesidad de vivir
Los descubrimientos -los pequeños, los indispensables
Que necesitamos tan obviamente como respirar?

¿Qué se le ha perdido al cielo
Que en tus ojos mora
Que grita desde el fondo
Con una luz inconfundible?

¿Se le habrá perdido mi inspiración,
Su duelo,
La nostalgia sin la que sencillamente
Es imposible la tristeza?

¿Será solamente
Que ya no estás en él?

dijous, de març 26

Deudores

Cuando, a pesar de estar despejado, comenzaba a llover, mi abuelita me decía que era porque los deudores ya habían saldado sus cuentas con Dios, y que era momento de alegrarse por ellos.

Como con muchas cosas que nos dicen en la infancia, pueden pasar dos cosas: o las olvidamos hasta que las necesitamos, o las necesitamos olvidar. En este caso yo me imaginaba a miles de personas en fila, vestidas de blanco, recibiendo la misma lluvia con nosotros, salpicados de alguna manera de gracia.

No hace falta decir que era un niño extraño. En esos momentos solía aferrarme a la mano d mi abuelita, que sonreía y se quedaba callada, viendo hacia cualquier lado, pensando. Supongo que ella recordaba a quien le había contado eso, que sentía nostalgia. Pero yo no sabia lo que era la nostalgia.

Alguna vez le pregunté que necesitaba hacer para que Dios me perdonara y lloviera, de la manera tan especial en que lo hacía en esos días. Ella se reía mucho, era muy alegre, y me decía que necesitaba pecar mucho y arrepentirme aún más, porque Él es muy bueno y muy sabio, y perdona a quien se arrepiente de corazón. Que yo no tenía oportunidad, porque era un niño bueno, incapaz de pensar en el mal.

Ayer, al salir del trabajo, empezó a caer una lluvia menuda, iluminada por el sol de la tarde. Aunque iba solo, pensando, sentí la mano de mi abuelita sosteniendo la mía, mirándome desde el cielo, perdonándome todo.

dimarts, de març 24

Gonzalo

Cuando hace calor, Gonzalo se refugia en la sombra, como todo el mundo. Camina lentamente por debajo de un sol que derrite todo, como en un sueño de Dalí.

Y eso es importante porque, si en algo se especializa Gonzalo, es en soñar. Sus imágenes traspasan sus ojos, se vuelven árboles, arroyos, cosas que aún no tienen un nombre.

Cuando se cansa, Gonzalo busca un sillón, tan grande como mullido, y desde allí ve pasar el tiempo. ¿Se preguntará qué es el tiempo, estará hecho de algo que pueda beberse, comerse?

Tiene hambre. Lo hace saber y de la despensa vuelan dos palomas que le sirven, por la mañana salmón, por la tarde ternera. La vida es eso, jugar, correr un poco y mirar como el oro del sol lo inunda todo.

Sus ojos descienden al fondo del recipiente lleno de agua; ve su cara rubia, la de toda la vida, ¿y su hermano?, ¿qué será de él?

De pronto todo se vuelve un poco gris: la comida -salmón para la mañana y ternera para la tarde- se amarga un poco. Como sea, sabe dónde encontrarlo.

Remonta aguas arriba en el sueño, hecho de tanta memoria, que parece imposible que se necesite la vigilia para vivir. Se reconocen al instante, se siguen, se cuentan la vida. La Vida.

Cuando llega la noche, Gonzalo se prepara, como todos, para salir de cacería: la noche no conoce de propiedad, se dice, y salta con agilidad sobre una barda, sobre las tapias y los árboles. Encima de ellos domina la ciudad que duerme.

No comprende las luces que titilan, a lo lejos, como decenas de ojos insomnes; ¿quién podría necesitarlas si lo urgente ahora es el sigilo, el paso silencioso?

Los amores de los perros se ven, de los gatos se escuchan y de los hombres se saben, escuchó alguna vez. Tanta noche vivida le permite validar esa afirmación. El amor, la vida, el hermano perdido -¿dónde estará mi hermano, qué será de él?

Llega exhausto al alba, cinco minutos antes del desayuno -salmón, no falla-, y me mira con una sonrisa oculta. La noche ha sido especialmente difícil: un surco rojo le atraviesa la cara, pero pasará, como todo en esta vida.

Cuando termina de comer, sube al sillón y duerme. Y sueña porque, como cualquier otro gato, es lo que mejor sabe hacer.

Quizá nunca leas esto

Todos nos estamos yendo
Del sol, de los días
De las noches que parecen eternas
Si las cuentas con la vocación
Con la que nos miran las estrellas.

Nada permanece
Sólo la mirada, que se engaña
Que se aferra al pasado para definirse
Como algo vivo

Al final,
Este día quedará vacío,
Tibio de nuestra existencia breve
Inmóvil en un papel o un puñado de palabras
Que jamás tendrán un destinatario único

Tu cuerpo breve
Tus manos
Todo se borrará en la caricia tibia del olvido
Todo será ausencia plena
Un suspiro a medianoche
Un poema que jamás será leído

Todos nos estamos yendo
Sólo de nosotros quedan
Las nubes que superan nuestros ojos
La ausencia que filtra nuestro silencio

Todos nos vamos
Pero la memoria queda
Para hablarnos de cómo fuimos
De cómo deseábamos ser.

Sucede

Sucede que, de pronto,
el hombre se levanta
y mira a su lado
y mira al techo,
al espejo
y sabe que está sólo

Sucede entonces
que sale a la calle,
para ver si se encuentra
leyendo el periódico
tomando café
o escuchando los tristes graznidos
de las aves del mediodía.

Sucede que se busca
para saber si está vagando,
pero no se encuentra y se siente sólo.

Entonces entra
en un portal cualquiera
y pide agua, aire o ambrosía
para refrescar su memoria,
para confirmar su olvido.

Mira entonces en el agua,
en el rostro del señor que pasa
sin verle
sin advertirle por lo menos
que está solo.

Sucede entonces
que el hombre llora
y con su llanto
marca de gaviotas el atardecer,
que acumula palabras y cansancios,
y sucede que el hombre
cansado también
decide dejar de existir.

dilluns, de març 23

Retratos

Como buen fotógrafo, uno de mis primeros ejercicios fue hacer retratos. No siempre lograba las mejores tomas, aunque algunas sí que me quedaron bastante divertidas, me gustaba esa sensación poderosa de poder detener el tiempo, de guardar la imagen de una persona en un momento específico.

Era relativamente sencillo convencer a las personas de hacerlo: todos tenemos la curiosidad de conocer cómo nos ven los otros, de qué forma aparecemos ante los demás. Incluso, en algunas sesiones de fotos, la idea era regresar a la infancia, jugar de nuevo.

Así logré algunas de las imágenes más memorables en mi corta carrera de retratista aficionado. Tuve las fotos de una guapa muchacha, de mirada melancólica; las manos de una artista e incluso algunas expresiones de sorpresa de una modelo... era realmente divertido.

Por ese entonces no comprendía que un retrato es más que una imagen: es mostrar al otro cómo lo vemos, de que manera podemos percibirlo y queremos recordarlo. Si una fotografía es un medio para apropiarse de la vida, un retrato es una forma de capturar el alma y hacerla propia.

Sería imposible que en esta transacción no perdiera algo el artista. En ese caso, pierde un poco de intimidad, la otra persona se da cuenta de lo que significa, de cómo es mirada y eso siempre es incómodo. También deja un poco de su alma impresa en el papel, por lo que todo retrato es un documento que nos trasciende.

Sucede que, además de fotógrafo, soy un gran cobarde. Cuando caí en esta cuenta, decidí dejar de hacer retratos. Ahora tomo paisajes, flores, piedras o animales. Sólo soy capaz de retratar a la gente que quiero cerca, no hoy ni mañana, sino para ese campo inexplorado que llamamos eternidad.

diumenge, de març 22

Los apaches no hablan de amor

Para siempre es un territorio muy llano. Implica muchas noches, muchos días, tanta sed. Es una especie de desierto en el que de nada sirve entornar los ojos, porque de todas maneras existirá el mañana -y el después y luego, todo el terreno llano.

Puede ser que sus ocupaciones no se los permitieran: rastrear coyotes o esperar a la luz de la luna precisa, admirar el mundo conforme florece, son ocupaciones serias. Puede ser que el sentido que ellos tienen es más cercano a complementarse, a soñar juntos, pero los apaches no hablan de amor.

Varlebena es la palabra que usan cuando se comprometen con una mujer. Al menos eso dicen las películas y, como todo mundo sabe, el cine no miente porque recrea la vida misma. Varlebena significa para siempre.

Eso nos regresa al principio: ¿querría estar para siempre con alguien, con algo, conmigo? ¿Querría ser feliz en todo momento, escuchar, ver a través de otros ojos, complementarse? Creo que sí... y creo que no.

Varlebena sería la felicidad, y la felicidad no es una línea, es una serie de pequeños puntos que pasan tan rápidamente que creemos completa, pero que necesita no serlo para sentirla mejor. Para tener memoria y deseo, porque eso es lo radicalmente importante.

Varlebena es un lugar grande, amplio, infinito. Es bueno soñar con él... y habitarlo en intervalos.

Nombre propio

Aposté mi nombre en un volado. Perdí.

Lo curioso es que esto sucedió hace muchos años, quizá antes de que yo naciera. Por eso no me importa en realidad si me llaman de una u otra forma: cualquier nombre que me dén es bueno porque yo no tengo uno propio.

A decir verdad, me dieron la oportunidad de elegir uno cuando cumplí 10 años. Como no conozo las palabras, sólo atiné a buscar un lugar común.

Por sí misma, la palabra con la que me identifican no significa nada: es la conjunción aleatoria de cuatro historias viejas, que no han trascendido más que en el ámbito familiar -y a veces ni siquiera allí.

Escuché alguna vez que nombrar es delimitar, marcar, matar: sólo se posee lo que puedes nombrar, lo que puedes encerrar entre palabras.

Alguna vez lo hice con alguien, una mujer que es una ciudad; ella hizo de mí un país y un recuerdo. Pero prefiero seguir así, escapando de cualquier definición, siendo libre -aunque volátil y desconocido.

Este nombre no es mi nombre. No es falso ni verdadero, es el que los demás asignan a esto que soy, por eso no me aprisiona ni me define.

Perdí mi nombre en un volado legendario. Quién sabe, quizá no perdí nada.

dimecres, de febrer 13

Reencuentros

Tenía tres años que no nos veíamos. Todo pasó lo suficientemente rápido: discutimos, me pelee con ella, nos distanciamos. Un año después, una llamada telefónica todavía ácida, llena de un rencor que se sentía demasiado fresco. El tiempo siguió su curso.

Dos años después -tiempo más o menos: en eso, como en otras cosas, no existe la perfección-, decidí buscarla en el único lugar que conozco: su casa. La noche había sido extraña: platiqué con una compañera de trabajo con la que no necesariamente me llevo bien, caminé un rato por las calles. Hacia buen tiempo y las luces, que no percibo bien sin mis gafas, pasaban con la apariencia de hadas extraviadas.

Por todo esto, por no dejar, por algo que no sé, decidí llamarla. El teléfono sonó un par de veces y, de repente, su voz surgió del otro lado: amena, tranquila, con el acento de toda la vida. Le propuse vernos, por curiosidad, para mostrar qué éramos ahora.

Una semana después pasó. A diferencia del tiempo antiguo, ella propuso el café, la hora, el día. Me conmueven ese tipo de cosas que ella hace: siempre cuenta historias sin necesidad de palabras, sólo hila una y otra imagen, anécdotas que hacen buenas historias.

Era como si el tiempo no hubiese pasado: ella era la misma muchacha de cabello teñido de rojo y mirada dorada, que me esperaba fumando y con alegría a las puertas del café. No la reconocí -no llevaba mis lentes y mi memoria empeora con los años-, y sólo acerté a quedarme quieto, mirándola.

- Pensabas que sería como en las películas, ¿cierto? - me dijo mientras sonreía.

Le hice el gesto de que se alejara un poco. Hace años, muchos, antes de que la conociera, fui un actor cómico, cabe decir que bueno, por lo que lo posterior fue relativamente natural: corrí hasta ella y la abracé, alzándola un poco. Ver tantas veces Casablanca tiene sus ventajas.

Entremos al café y todo fue bueno de nuevo. Nos sentamos, esperando que el otro hablara. La mirada fue suficiente, sabíamos que no habrían palabras para describir ese vagar por parajes solitarios, esos insomnios, esa angustia de despertar.

- Parece como si, todo este tiempo, hubiese estado dormida, sin sentir. Ahora estoy despierta -me dijo.

Yo temblaba, como la primera vez. Quería volver a escribir, a saber que ella lee todo esto y todo aquello que no logro atrapar. Yo temblaba.

Salimos del café y caminamos de regreso al metro. Reíamos con los planes de antes, con todas las cosas que fueron sólo sueños, divagues que nunca llegaron a ser realidades.

- Pensé que no nos volveríamos a ver nunca - me dijo.

Yo temía eso, como se teme a la muerte, pero me negaba a creerlo, como se niega la existencia del olvido. Teníamos que despedirnos.

- Ojalá que no pase tanto tiempo sin vernos - le dije, con esa sensación adolescente de desasosiego, de que eso era bastante más factible ahora.

- Eso no pasará, no podemos hacérnoslo. Nos seguiremos viendo - me dijo.

Ambos nos seguimos esperando. Esperando con la plena conciencia de que sólo volveremos para separarnos nuevamente.

dijous, de gener 31

Anécdota

¿Eres tú la Muerte?

Esa fue su primera frase, antes de ofrecerme un trago del mezcal que bebía, con algo de desesperación, de una botella de plástico. Debo decir que la culpa fue mía: vestía totalmente de negro y no hice ruido mientras caminaba por la acera; no me pidió una moneda, como a los otros peatones, pero me invitó a compartir la banqueta y el que sería su último trago.

Sabía que vendrías, siempre lo supe, desde que nací.

Discurría entre memorias diversas. Al parecer, había sido una persona normal, como tantas: tenía un trabajo, una mujer, un hijo. Todo cambió de pronto: el hijo murió, la mujer se volvió loca de pena y él se dedicó a esperar a la Muerte, a mí.

Supongo que en un momento determinado, todos somos la Muerte, le dije, mientras sacaba un cigarro de mi gabardina.

Me lanzaba una mirada cansada y ansiosa, como si quisiera que adivinara las respuestas a las preguntas que se había formulado durante toda su vida: ¿por qué la vida es tan triste, tan gris?, ¿por qué la felicidad es tan breve y la memoria es tan larga?

¿Cómo es allá, hay flores, otras personas?, me preguntó.

Me hubiese gustado mentirle. Decirle que allá encontraría a su hijo que, a pesar de su suicidio, su mujer lo esperaría y ya no tendría hambre, ya no acunaría el vacío sobre sus brazos. Que él sería feliz.

Vacío, como la vida, le dije.

Creo que lloró. Su lamento hizo surcos en la mugre que cubría su rostro: al parecer su tez era clara, aunque enrojecida por el alcohol que había ingerido durante los meses en los que me había buscado, en los que lo único que deseaba era dormir.

Qué buena gente eres, yo siempre soñé con que fueras así, me dijo.

Le di un trago largó a su botella, ya casi se terminaba el mezcal y los ojos refulgían en los charcos sucios de la madrugada como soles de sueño, como la puerta del infierno. Era hora.

Debo irme. Debes renacer, le dije.

Le compré una botella de whisky y le dejé una cajetilla de cigarros. Le dije que su vida o su muerte dependía de él, que todo su tiempo estaba en el interior de esa botella, que se evaporaría como su contenido.

Volveremos a vernos, me dijo. Morir contigo es casi un sueño.

Y andando, erguido y elegante, totalmente vestido de negro, desapareció entre las calles de la madrugada.

dimarts, de gener 22

Viaje

Andar es maravilloso. Viajar, cambiar de horizontes, ver cosas, palabras, personas distintas, tiene el regusto de un sueño, un poco de nostalgia que se trae y un mucho de curiosidad por un mundo recién hecho.

Me gusta viajar, y más porque casi siempre que lo he hecho, he vuelto a mi ciudad con una buena carga de historias e imágenes, a los que mi memoria infiel mitifica y hace vivir de una forma diferente.

En esta última ocasión tuve la oportunidad de conocer una ciudad con tres herencias -vasca, andaluza y castellana-, casas de cantera y muchos naranjos. Las naranjas me gustan mucho y creo, como el antiguó árabe, que son las manzanas del sol.

Esa ciudad tiene nombre de mujer y hoy también de un futuro deseable que ya escribiré. Por lo pronto, queda el sueño y lo que creo que viví; lo que halla sucedido en realidad carece de importancia.

dimarts, de novembre 6

Eterno retorno

Hace algunos años comencé con este experimento. Tenía sus cosas, sus datos, sus momentos. Me creía poeta, pensaba en cambiar el mundo, soñaba.

El mundo no es así, aunque uno lo desee. Es duro, gris, oscuro; pero es el único que tenemos y toca vivirlo.

Hoy toca regresar. No sé si ahora seré más constante o si las cosas que escriba serán más relevantes. Probablemente no sean así. De cualquier forma, seré fiel a esa divisa pessoana que tanto me gusta: 'sienta quien lee'.

dilluns, de juliol 6

Fe

Pocas cosas se necesitan de una forma tan desesperada que lo hacen a uno reflexionar acerca de todo, de las cosas que ha hecho o dicho, de lo que ha pensado. De cómo se ha enfrentado a la vida y de cómo se concibe ante ella.
Estoy en una de esas etapas que considero definitivas en mi vida. La mujer que yo quiero siento que está más cerca que nunca, pero también siento la incertidumbre de su partida. realmente no sé qué hacer, pues si no la escucho no vivo bien, pero tampoco quiero presionarla...
Todo está en la fe. En la confianza que pueda tener en ella, en la fe que ella pueda depositar en mí. Nos queremos en el mismo mundo, pero vivimos en planetas distintos. Por el momento, esperar es lo mejor.
Y tener fe de que mucha gente se está dejando el corazón para que, por primera vez, triunfe en esta nueva etapa de mi vida.

divendres, de juny 5

Recordar

La vida es maravillosa. Siempre lo ha sido, sólo que algunas veces la realidad nos derrota tanto, los deseos se ven tan lejanos, que parece que nada vale la pena, que todo sale mal.

Por eso tener memoria es bueno. También lo es tener gente que te recuerde las cosas que has pasado, todo lo vivido para saber que puedes esperar siempre algo mejor.

El mundo está lleno de fantasmas

La gente corre a tomar el último metro, el último camión para llegar a casa. Llevan pan, leche, café y sueños para compartirlos con su familia, para quejarse de lo pesado del día, de la vida rutinaria y triste.

Se vacían las plazas de enamorados, de parejas que se separan sólo momentáneamente, pues en el sueño de cada quien permanecerán. El frío toma sus lugares, los conserva.

La gente ríe, duerme, piensa en el otro día. No mira hacia los lados, lleva la plena determinación de volver a su lugar, de buscar el consuelo del descanso para iniciar de nuevo su historia con el sol como compañía.

Los veo y recuerdo mi ya lejana medianoche entre los fantasmas. Las calles no quedan vacías, los portales se llenan de sombras, de penitentes eternos, de tristes figuras sin peto, sin adarga para defenderse de la noche que acecha.

El frío permanece.

Se buscan entre sí, cada desconocido es un amigo entre las sombras. Un amigo y un traidor, una posibilidad de olvido y también de encuentro, de cercanía momentánea. Un viejo ofrece dulces a dos niños que le miran, extrañados desde la nostalgia de navidades pasadas en julio, en septiembre.

El hambre es lo de menos. Una botella, un delirio, blasfemias. Nada tiene sentido pero todo significa. Es la noche eterna, ese territorio sólo explorado por los vencidos, por las ánimas que no buscan perdón para errores que no cometieron.

La noche, inquieta y terriblemente viva, se acomoda en los ojos que también esperan el amanecer. Rondan las plazas, los parques, buscando las sobras de felicidad que otros dejaron al huir a casa. Ellos no tienen casa.

El frío es el único testigo.

Dos miradas saben que esto terminará algún día. Que no puede durar por siempre. Que debe amanecer. Y amanece, y termina.

Ahora corren, sin prisa pero con ilusión, a sus casas. Uno con sus hijos, otro con su madre. Corren como toda la gente, con pan, leche, cansancio e ilusiones, a alcanzar el último metro. No olvidan, pero no se dejan vencer por el recuerdo.

El frío los mira y les sonríe con nostalgia.

dijous, de juny 4

La 'chanson' vasca

No es un secreto que me gustan las cosas provenientes de Euskadi. Las siento como un vínculo con la historia de mis antepasados, pero además, las siento como el grito de lo antiguo, de aquel primer sentimiento que escoge un lenguaje indescifrable para hacerse entender.

En lo particular me gustan las canciones en vasco. Urko, Imanol, Patxi Andión -exacto, el de 'Si yo fuera mujer', una de sus peores canciones a mi gusto-, Mikel Laboa, Gorka Knörr, Ruper Ordorika y muchos más tienen un espacio destacado en mi tesoro acústico.

La nostalgia de los primeros marineros, la tortura de los tiempos del tío Paco, la denuncia, pero también la poesía de canciones como Triste bizi naiz eta o Zure tristura o Kalatxoriak -escrita por Bernardo Atxaga-, han transportado mi mente a nuevos horizontes, a pesar de mi poco conocimiento del euskera.

Y es que el sentimiento, ese pequeño traidor que nos acecha día a día, no sabe de idiomas ni ideales. Nace y ya, es y ya. Nace en el insomnio y se transporta en el aire, en el suelo que pisamos y que olvidamos.

Me gustan las canciones en vasco, y cuando tenga mi propia etxeak, estaréis todos invitados a compartir una rebanada de queso lunar, una copa de vino nocturno y un banquete de música indescifrable, como los designios del corazón.

dimecres, de juny 3

Popularidad

No soy popular. Realmente nunca lo he sido y nunca me he preocupado por serlo, porque prefiero mi razonada soledad a las grandes concentraciones de gente, que ve, habla y siente que conoce a los demás, que sabe algo de sus vidas.

Nunca he comprendido la búsqueda de eso que llaman fama. No entiendo a la gente que dice tener decenas de amigos, que conserva los teléfonos de cuantas personas encuentra en la calle, que se junta para vivir cualquier cosa.

Soy un poco antisocial. O un mucho. Prefiero la comodidad de tener pocos amigos, a quienes veo de vez en cuando, con quienes platicó frente a una cerveza o una taza de café, y comparto algunas palabras. Con eso basta a mi corazón para sentirse acompañado.

En esta era de redes sociales, de comunicación inmediata, de privacidad cero, me siento un poco ajeno. Prefiero callar antes que contar mi historia, prefiero dejar miguitas de signos a la gente que quiera descifrarme, a quienes quieran acompañarme en este sendero.

La popularidad es el vino más amargo, estúpido y, sin embargo, más deseado en este tiempo hueco.

dimarts, de juny 2

Quemar las naves, de nuevo

A veces es preciso quitarte las cosas que más amas en este mundo para poder apreciarlas mejor. Quitar un poco de deseo de tus ojos para contemplar la fría, móvil realidad.

Es bueno empezar de cero de vez en cuando. Rectificar lo que se hizo en la vida pasada, en los días, las noches, lo que hizo daño a los demás y, con ello, a uno mismo.

No renacer de las cenizas como siempre. Olvidarse de eso y dedicarse a vivir, a esperar que escampe, que el sol se rompa de una vez y hacer uno nuevo, con la cara nueva llena de tantas ilusiones como sea posible.

He decidido dejar de escribir. Dejar de escribir poesía, dejar que las cosas que tenía que decir las digan mis imágenes, mis sueños pintados con otras manos, con otros lenguajes.

Mi única lectora, mi única ilusión, quien dijo que este sería el día más triste lo comprende y no le entristece, aunque cree que no dejaré de hacerlo. Quizá para ella no, pero para los demás sí. Será mi voto para el futuro, será mi ausencia nueva, mi forma de quemar esas naves tan relacionadas con mi tristeza, mi desazón, mi impotencia para vivir como cualquier otra persona.

Mis pasos no tendrán, por ahora, más compañía que la de su sonido propio, sin más adjetivos. Lo necesito para respirar, para contemplar.

Quizás vuelva a levantar el ancla algún día, quizá me convenza que esto es transitorio. Por el momento el poeta descansa en el olvidado lecho que tengo por corazón, en el meritorio olvido; el poeta duerme el sueño paciente del guerrero.

dilluns, de juny 1

Ir

Recuerdo la frase de un poema, 'en la vida todo es ir'. Ir del día a la noche, de un lado a otro, de otra memoria a una más. La única constante de la vida es el movimiento.

Vamos y, la mayor parte de las veces, no sabemos a dónde ni para qué. Y tal vez eso sea lo mejor, porque si supiéramos en que terminará la narración de nuestros días, ¿los viviríamos?, ¿tendría sentido luchar para llegar a eso?

La terrible maldición del hombre en tanto animal racional es que sabe que no será eterno. Que su camino tiene un termino, que su viaje concluirá. No sabe cuando, ni cómo, ni dónde, pero terminará al igual que todas las demás cosas.

Estamos ciegos y aún así no podemos detener nuestra marcha. Somos pesimistas y aún así podemos esperar lo mejor. Después de todo, siempre será mejor el lugar al que llegaremos, en tanto lleguemos con bien a él.

Carta abierta

Hemos visto los muelles. Hemos visto de frente el fin del camino. Tú, desde la amplitud de su soledad, desde su distancia incólume, desde su tristeza blanquecina y amada.

Yo desde mis ansias marítimas, desde mi barco quemado, desde mi delirio insomne y febril. Llegamos y lo sabes. Puntuales, como solamente los agentes del destino pueden serlo, amargos como solamente los que viven pueden serlo.

Sabes que soy yo quien hace algunos años se apareció en tu sueño, vestido de sal y delirio, de tristezas atemporales, de rosas frías y soles bermejos, fragantes como la eternidad tan sola, como la más solitaria ausencia.

Sé quien eres tú. Sé que te esperaba, sé que tu ausencia no podía ser eterna, sé que debía esperarte y que llegarías, puntual como es el destino con sus cosas.

Aún no amanece, pequeña, pero empieza a asomarse el sol de días inacabables en el horizonte de tus ojos. Esperaré, porque quien es eterno puede hacerlo, porque no puedo hacer otra cosa.

Esperaré a que me creas, esperaré a que tengas fe en tu sombra, en la poca luz de mis ojos. Y entonces, seremos uno solo, invisible, invencible... aliento marítimo y ausencia permanente.

divendres, d’abril 10

Walk the line

Siempre me pregunté que es esa cosa que todos buscan del amor. Por qué atrae tanto a la gente, por qué se le dedican canciones, cosas, cuál era ese secreto.


No puedo decir que he descubierto qué es eso. Pero sí puedo asegurar que, sin darme cuenta, me he enamorado. como nunca, como siempre. Y eso me recuerda el caso de Johnny Cash, quien fuera un gran cantante de country -acá ya pueden hacer sus conjeturas- y quien tuvo una vida tremenda, 'redimida' cuando encontró a June...

divendres, de març 27

José Arrieta


Dos vistas de la calle José Arrieta en Santiago de Chile.
¿Quién es ese nombre que resplandece
en una calle anónima de Santiago?,
¿esa fila de casas en colores que reverberan
con la necia expresión de la angustia,
de la espera?
¿Fue un hombre
un pájaro, un barco
una piedra que estrelló la ventana de la realidad?

¿Fue un héroe de una guerra perdida de antemano,
Quijote cualquiera que recorrió ile
con Manuel Rodríguez;
fue un médico o un poeta
que convocaba a los astros
a las ausencias
para hacer volar palabras
en tibias lajas de piel ajena?
¿Quién es ese José Arrieta,
el que defendió Durango,
el que habló en el 59 en Donostia
de revolución socialista y libertad
para un pueblo legendario e inexistente
de forma oficial,
o el tipo que se arrancó un brazo
antes de confesar
que ya sabía lo que es amar a alguien?

¿Es acaso solo una calle perdida
sonámbula, colorida
a la espera de que alguien habite
una de sus múltiples historias?

¿Quién es José Arrieta
o qué fue
que perdura como presencia
pero vive siendo ausencia
en una mirada felina,
llena de fe?
Sombra acaso
ocaso tardío que le ilumina
proyecta tu voz que son voces
que son actos
y desvelo por cambiarte el nombre.

dimarts, de març 24

Triste bizi naiz eta

Triste bizi naiz eta
hilko banintz hobe
badaukat bihotzean
hainbat atsekabe.
Maite bat maitatzen det
bainan haren jabe
sekulan izateko
itxaropen gabe.
Nire bihotz gaixoa
penatua dago
ezin egon liteke
ay penatu dago.
Pasatzen deturala
aspaldia nago
eguna triste eta
gaua triste dago.
Nere maitatuara
gustiz da mafina
bihotz soineko ata
ondo hitz egina.
Bentaja gustiakin
zeruak egina
mundua pasatzeko
lagunak egina.
Bihotz baten lekuan
mila banituzke,
zuretzako maitia
izango lirazke.
Baina milan lekuan
bat besterik ez det
har zazu ba maitia
bat hau mila bider.
Nere maite polita
nola zera bizi?
Zortzi egun hau
eta
netzaitut ikusi.
Uste det zabiltza
lanigandik igesiez dida
zu ematenatsekabe gutxi.

dilluns, de març 23

Minuto neoyorquino

Nunca había pensado en la posibilidad de que todo lo que quiero, todos mis planes, o por lo menos la parte en este momento más importante de ellos, se desvaneciera en pocas horas. Y sin embargo, sucede.

Perdí casi todo por el silencio. Me pesa la palabra hora. Debería dormir.

Una o dos eternidades, solamente.

diumenge, de març 22

dijous, de febrer 5

¿Por qué carajo me importaría tu opinión?

El título también podría ser 'El hombre sólo vive para sí'. La cosa es que uno se esfuerza siempre en saber que las cosas están bien para los demás -o al menos lo intenta, y siempre uno se muestra inconforme con los resultados.
El hombre, y en este caso el escritor, no vive de la opinión de los demás, pero sabe que la necesita con el afán de algo físico, como el aire o el agua. Y la verdad eso realmente no importa, por que si el artista es sincero, no quiere sino expresar lo que siente y eso no siempre es comunicar.
O no debería serlo. Hay palabras, imágenes que no pueden ser traducidas, racionalizadas y empaquetadas para el consumo público, y eso está bien, puesto que es la expresión de un individuo ante una situación propia y ya. Sin más drama.
La cosa acá es que siempre buscamos, o busco, la compañía. La crítica hace necesaria una comprensión del otro, de la actividad creativa -digo yo, con ojos de crítico. Pero si otro se planta frente a mí para explicar el significado de lo que yo hice, ¿debería creerle?
No, ni a mí mismo, como dijera Pessoa.

dilluns, de gener 5

Miedo

El miedo tiene una cara. A veces sus facciones son tan cotidianas que no nos damos cuenta de que nos observa, oculto bajo la mirada constante de la realidad.

El miedo no persigue: no lo necesita. Bebe café mientras desenreda los días, aguardando su momento con el hacha bajo el brazo, con la conciencia intecta, con la seguridad de que llegará el momento de su aparición triunfal.

El miedo hechiza. Sube por las vértebras, mece los cabellos, llena de azules hielos el corazón que le mira con el frenesí de algo turbiamente amado. El miedo es constante, y eso siempre es una virtud.

El miedo se mete en la sopa, en el desayuno. En la plática distraída, en el beso, en el silencio. El miedo acecha como el hombre se acecha a sí mismo, como la vida se sigue a ella.

El miedo se presenta sin preámbulos, no usa disfraces: no los necesita. Pero el hombre sí necesita verle, hacerle frente, vencerle.

Porque, a final de cuentas, el hombre sólo tiene que vencer el miedo a morir para ser eterno.

dijous, de gener 1

El futuro

El pasado es el único tiempo que nos pertenece, pues en él radica la memoria. Del presente, nada sino decidir, y del futuro nada sino esperar. El pasado se deforma según intereses e historias, según lo que queremos creer de la realidad.

El futuro es un tiempo de acero nebuloso, frío y engañoso. El futuro es la esperanza, que, como se sabe, fue el último de los males que abandonó la caja de Pandora. Lo anhelamos, como el caminante anhela alcanzar al sol, la luna que ilumina su camino eternamente vacío.
Nos llama la atención lo inasible. Aquello que no puede tener el hombre es lo que más desea -lo acepte o no. Por eso el futuro es el tiempo favorito de los planes y los proyectos que no pensamos realizar, de los románticos paisajes, del triunfo y la victoria.
El futuro es el tiempo de la poesía. Es el tiempo de la nada. Es el tiempo, simplemente.

dimarts, de desembre 30

Obama

Cuando Barack Obama ganó la presidencia de los Estados Unidos, en mi cabeza convergieron una serie de ideas encontradas. Es cierto que es el primer mulato -que no afroamericano- que accede a la primera magistratura del país todavía más poderoso del mundo, que tiene unos orígenes modestos, que ha hecho una carrera importante en el senado de su país, que puede ser que tengamuy buenas intenciones.
Pero también salta a la vista que muchas de las cosas no dependen de él. Me explico. El sistema político estadounidense, a diferencia de muchos de los que padecemos en Latinoamérica, no es presidencialista, es decir, que las decisiones no recaen por entero en el presidente, sino en el senado y los órganos legislativos.
Por si fuera poco, también quedan los grupos de poder, las grandes empresas que dieron dinero no desinteresadamente a la campaña -una de las más caras de la historia. Todos son favores que se cobrarán, con intereses, durante los cuatro años de gestión del buen Barack al frenete de E.U.
También está eso que puede definirse como el 'complejo México' de la presidencia. Ese que elevó a los altares al indígena Juárez sólo por u condición étnica. Quien piense que Obama lo hará bien sólo por el hecho de que es de una etnia distinta que la que ha dominado ese país desde su fundación, está en un error grave. El corazón y la mente tienen el mismo color, aunque distintos sentimientos.
Y si a todo esto le sumamos la recesión gobal, los probemas de las empresas estadounidenses, el capitalismo desmoronándse...
Sé quien soy, y no me cambiaría por Obama en este momento.

dilluns, de desembre 29

Probabilidad y posibilidad

Es posible que un rayo caiga cinco, seis, cien veces en el mismo lugar. Pero es poco probable. Así a veces es la vida, es una compleja suma de posibilidades que, uniendo azar y decisiones no menos azarosas, delimita al mundo que vemos.


A veces las posibilidades y las probabilidades se me confunden en la cabeza. Y espero con ansiedad, puesto que algunas cosas que deseo, como todo buen humano, son posibles, aunque poco probables.
¿Cómo se puede vencer al azar?, preguntaba Max Aub en uno de los poemas de su famoso Diario de Djelfa. No lo sé, quizá eso no sea posible. En todo caso lo que corresponde es contemplar y actuar en consecuencia, cruzando los dedos para que el azar dicte sentencia favorable, para que las cosas vayan hacia donde nuestros deseos están.
Y, si por ventura, las cosas se tornan en contra nuestra, abrir los ojos y las manos para luchar con más fervor, como siempre en la vida.

diumenge, de desembre 28

Cántaro roto

Hay tantas cosas que, si se hubiesen pensado de una forma distinta, jamás hubiesen ocurrido. Innumerables decisiones, buenas o malas, repercuten no sólo en la vida cotidiana, sino en la manera en que se ve el futuro de uno y de las personas que lo rodean a uno.


El territorio del hubiera es tan amplio... Abarca de todo: sentimientos, palabras, imágenes, propósitos. Todo perfectamente irremediable, puesto que el pasado pasado es.


Un viejo adagio dice que no se debe llorar por el cántaro roto, sino por la vasija nueva. Creo que se aplica a la perfección a muchos aspectos de la vida. Los errores ya se cometieron como sea, los aciertos también. Lo que importa es el presente en el que el mañana va cobrando un significado distinto, luminoso.


Nada de lo que haga uno puede remediar el pasado. Hace poco tiempo lo he comprendido, y también he descubierto que vale más estar despierto para mirar el presente que soñar con un pasado diferente. Esta es la vida y éstas son las cartas con las que nos ha tocado jugar, así que depende de las decisiones venideras lo que se escribirá en la historia.


He roto muchos cántaros en mi vida. En este nuevo, único, verteré todo el vino nuevo de mi inspiración y pondré todo mi empeño para poder heredarlo a quien venga en el futuro.