Razones para la poesía
Hace no mucho tiempo entré en una crisis que me llevó a reflexionar acerca del sentido que tiene la literatura en general, y la escritura en particular, para mí. Es una actividad que realizo cotidianamente desde hace poco más de doce años, de una u otra forma, y que me ha servido para distintos fines, desde el ascético fin de separarme del común de la gente, haciéndome extraño hasta para mí mismo, al de procurarme dinero para comer, vestirme y pagar una parte de mi educación secundaria.
Al margen de todo esto, hubo circunstancias particulares que me hicieron dudar acerca de la utilidad de la poesía. No es, como dijo Celaya, 'un arma cargada de futuro', ni sirve como pan, ni como arenga; es en todo caso un lujo innecesario sobre todo en este mundo que se nos está cayendo en pedacitos sin que la gran mayoría tengamos culpa de algo o podamos solucionarlo.
Soñar es un lujo en las actuales circunstancias. Hacer poesía es casi un sacrilegio. Y es inútil, por que no dice nada, por que no significa nada. Son sólo palabras.
Como pueden ver, casi tiraba la pluma, renunciando a una docena de años de intentos constantes de lograr la palabra perfecta, el cuento ideal, la poesía que retratara de forma fidedigna la belleza con que interpreto a la muchacha sin nombre del metro que, como a Joan Salvat-Papasseit, me enamora por que no me ve y no la conozco.
Pero la vida está confeccionada con pequeños milagros, y en mi caso así pasó. Cuando me alistaba para irme al trabajo, oculto en un libro de relatos de José Lezama Lima que por alguna razón no había acabado de leer, encontré una imagen antigua, que creía perdida.
Era una foto que le tomé a mi estimada Lisboa hace meses, durante ese maravilloso viaje que hice a Monterrey -a unos cuantos cientos de kilómetros de la ciudad en donde vivo- sólo por verla. Su mirada, contra lo que comúnmente pasa en los retratos, se proyecta cetrina exactamente a mis ojos. El viento mece ligeramente su cabello largo, teñido de rojo que combina con su natural tono castaño. Sonríe levemente, de hecho es un nacimiento de sonrisa que promete completarse, pero que precisamente por ser incompleta es más bella.
A pesar de las fallas técnicas de la foto -demasiado cielo, hay mucho espacio para ser una foto de busto, está algo desenfocada y la abertura del diafragma provocó un exceso de luz- es una imagen realmente bella. Al reverso, unas palabras escritas por ella, me recordaban que el día en que dejara de escribir sería el más triste de su vida.
¡Cuánto me hizo llorar y reir a la vez esa frase! En algún lugar, desde algún rincón de su memoria, ella espera que no deje de escribir. Entonces comprendí unas palabras que mi hermano me dedicó hace algunos años, acerca de la labor del poeta, que no consiste en ser escuchado, sino escucharse a sí mismo.
Tome mi pluma y retomé aire para seguir escribiendo. No podía defraudar ese compromiso que tengo con esa lectora, con esa persona que espera que siga intentando hacer algo realmente bueno.
Nadie sabe lo que viene en el futuro. Quizá mis letras mueran cuando yo desaparezca de la tierra, quizá ella conserve durante décadas mis escritos, quizá alguien decida publicarlos. No lo sé y por el momento no me interesa. Me interesa seguir creyendo que puedo soñar con que las cosas puedan ser diferentes. Que, aunque destile toda mi tristeza en mis páginas, puedo tener fe en que las cosas brillarán mañana.
Y, sobre todo, que mientras haya alguien, una sola persona, que crea en las letras, en mis letras, tendré motivos para la poesía, aunque no quite el hambre, aunque no haga la revolución, aunque cambie para siempre esta realidad.



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