asteazkena

Popularidad

No soy popular. Realmente nunca lo he sido y nunca me he preocupado por serlo, porque prefiero mi razonada soledad a las grandes concentraciones de gente, que ve, habla y siente que conoce a los demás, que sabe algo de sus vidas.

Nunca he comprendido la búsqueda de eso que llaman fama. No entiendo a la gente que dice tener decenas de amigos, que conserva los teléfonos de cuantas personas encuentra en la calle, que se junta para vivir cualquier cosa.

Soy un poco antisocial. O un mucho. Prefiero la comodidad de tener pocos amigos, a quienes veo de vez en cuando, con quienes platicó frente a una cerveza o una taza de café, y comparto algunas palabras. Con eso basta a mi corazón para sentirse acompañado.

En esta era de redes sociales, de comunicación inmediata, de privacidad cero, me siento un poco ajeno. Prefiero callar antes que contar mi historia, prefiero dejar miguitas de signos a la gente que quiera descifrarme, a quienes quieran acompañarme en este sendero.

La popularidad es el vino más amargo, estúpido y, sin embargo, más deseado en este tiempo hueco.
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