osteguna

Anécdota

¿Eres tú la Muerte?

Esa fue su primera frase, antes de ofrecerme un trago del mezcal que bebía, con algo de desesperación, de una botella de plástico. Debo decir que la culpa fue mía: vestía totalmente de negro y no hice ruido mientras caminaba por la acera; no me pidió una moneda, como a los otros peatones, pero me invitó a compartir la banqueta y el que sería su último trago.

Sabía que vendrías, siempre lo supe, desde que nací.

Discurría entre memorias diversas. Al parecer, había sido una persona normal, como tantas: tenía un trabajo, una mujer, un hijo. Todo cambió de pronto: el hijo murió, la mujer se volvió loca de pena y él se dedicó a esperar a la Muerte, a mí.

Supongo que en un momento determinado, todos somos la Muerte, le dije, mientras sacaba un cigarro de mi gabardina.

Me lanzaba una mirada cansada y ansiosa, como si quisiera que adivinara las respuestas a las preguntas que se había formulado durante toda su vida: ¿por qué la vida es tan triste, tan gris?, ¿por qué la felicidad es tan breve y la memoria es tan larga?

¿Cómo es allá, hay flores, otras personas?, me preguntó.

Me hubiese gustado mentirle. Decirle que allá encontraría a su hijo que, a pesar de su suicidio, su mujer lo esperaría y ya no tendría hambre, ya no acunaría el vacío sobre sus brazos. Que él sería feliz.

Vacío, como la vida, le dije.

Creo que lloró. Su lamento hizo surcos en la mugre que cubría su rostro: al parecer su tez era clara, aunque enrojecida por el alcohol que había ingerido durante los meses en los que me había buscado, en los que lo único que deseaba era dormir.

Qué buena gente eres, yo siempre soñé con que fueras así, me dijo.

Le di un trago largó a su botella, ya casi se terminaba el mezcal y los ojos refulgían en los charcos sucios de la madrugada como soles de sueño, como la puerta del infierno. Era hora.

Debo irme. Debes renacer, le dije.

Le compré una botella de whisky y le dejé una cajetilla de cigarros. Le dije que su vida o su muerte dependía de él, que todo su tiempo estaba en el interior de esa botella, que se evaporaría como su contenido.

Volveremos a vernos, me dijo. Morir contigo es casi un sueño.

Y andando, erguido y elegante, totalmente vestido de negro, desapareció entre las calles de la madrugada.
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