asteazkena

Reencuentros

Tenía tres años que no nos veíamos. Todo pasó lo suficientemente rápido: discutimos, me pelee con ella, nos distanciamos. Un año después, una llamada telefónica todavía ácida, llena de un rencor que se sentía demasiado fresco. El tiempo siguió su curso.

Dos años después -tiempo más o menos: en eso, como en otras cosas, no existe la perfección-, decidí buscarla en el único lugar que conozco: su casa. La noche había sido extraña: platiqué con una compañera de trabajo con la que no necesariamente me llevo bien, caminé un rato por las calles. Hacia buen tiempo y las luces, que no percibo bien sin mis gafas, pasaban con la apariencia de hadas extraviadas.

Por todo esto, por no dejar, por algo que no sé, decidí llamarla. El teléfono sonó un par de veces y, de repente, su voz surgió del otro lado: amena, tranquila, con el acento de toda la vida. Le propuse vernos, por curiosidad, para mostrar qué éramos ahora.

Una semana después pasó. A diferencia del tiempo antiguo, ella propuso el café, la hora, el día. Me conmueven ese tipo de cosas que ella hace: siempre cuenta historias sin necesidad de palabras, sólo hila una y otra imagen, anécdotas que hacen buenas historias.

Era como si el tiempo no hubiese pasado: ella era la misma muchacha de cabello teñido de rojo y mirada dorada, que me esperaba fumando y con alegría a las puertas del café. No la reconocí -no llevaba mis lentes y mi memoria empeora con los años-, y sólo acerté a quedarme quieto, mirándola.

- Pensabas que sería como en las películas, ¿cierto? - me dijo mientras sonreía.

Le hice el gesto de que se alejara un poco. Hace años, muchos, antes de que la conociera, fui un actor cómico, cabe decir que bueno, por lo que lo posterior fue relativamente natural: corrí hasta ella y la abracé, alzándola un poco. Ver tantas veces Casablanca tiene sus ventajas.

Entremos al café y todo fue bueno de nuevo. Nos sentamos, esperando que el otro hablara. La mirada fue suficiente, sabíamos que no habrían palabras para describir ese vagar por parajes solitarios, esos insomnios, esa angustia de despertar.

- Parece como si, todo este tiempo, hubiese estado dormida, sin sentir. Ahora estoy despierta -me dijo.

Yo temblaba, como la primera vez. Quería volver a escribir, a saber que ella lee todo esto y todo aquello que no logro atrapar. Yo temblaba.

Salimos del café y caminamos de regreso al metro. Reíamos con los planes de antes, con todas las cosas que fueron sólo sueños, divagues que nunca llegaron a ser realidades.

- Pensé que no nos volveríamos a ver nunca - me dijo.

Yo temía eso, como se teme a la muerte, pero me negaba a creerlo, como se niega la existencia del olvido. Teníamos que despedirnos.

- Ojalá que no pase tanto tiempo sin vernos - le dije, con esa sensación adolescente de desasosiego, de que eso era bastante más factible ahora.

- Eso no pasará, no podemos hacérnoslo. Nos seguiremos viendo - me dijo.

Ambos nos seguimos esperando. Esperando con la plena conciencia de que sólo volveremos para separarnos nuevamente.
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