igandea

Nombre propio

Aposté mi nombre en un volado. Perdí.

Lo curioso es que esto sucedió hace muchos años, quizá antes de que yo naciera. Por eso no me importa en realidad si me llaman de una u otra forma: cualquier nombre que me dén es bueno porque yo no tengo uno propio.

A decir verdad, me dieron la oportunidad de elegir uno cuando cumplí 10 años. Como no conozo las palabras, sólo atiné a buscar un lugar común.

Por sí misma, la palabra con la que me identifican no significa nada: es la conjunción aleatoria de cuatro historias viejas, que no han trascendido más que en el ámbito familiar -y a veces ni siquiera allí.

Escuché alguna vez que nombrar es delimitar, marcar, matar: sólo se posee lo que puedes nombrar, lo que puedes encerrar entre palabras.

Alguna vez lo hice con alguien, una mujer que es una ciudad; ella hizo de mí un país y un recuerdo. Pero prefiero seguir así, escapando de cualquier definición, siendo libre -aunque volátil y desconocido.

Este nombre no es mi nombre. No es falso ni verdadero, es el que los demás asignan a esto que soy, por eso no me aprisiona ni me define.

Perdí mi nombre en un volado legendario. Quién sabe, quizá no perdí nada.
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