osteguna

Deudores

Cuando, a pesar de estar despejado, comenzaba a llover, mi abuelita me decía que era porque los deudores ya habían saldado sus cuentas con Dios, y que era momento de alegrarse por ellos.

Como con muchas cosas que nos dicen en la infancia, pueden pasar dos cosas: o las olvidamos hasta que las necesitamos, o las necesitamos olvidar. En este caso yo me imaginaba a miles de personas en fila, vestidas de blanco, recibiendo la misma lluvia con nosotros, salpicados de alguna manera de gracia.

No hace falta decir que era un niño extraño. En esos momentos solía aferrarme a la mano d mi abuelita, que sonreía y se quedaba callada, viendo hacia cualquier lado, pensando. Supongo que ella recordaba a quien le había contado eso, que sentía nostalgia. Pero yo no sabia lo que era la nostalgia.

Alguna vez le pregunté que necesitaba hacer para que Dios me perdonara y lloviera, de la manera tan especial en que lo hacía en esos días. Ella se reía mucho, era muy alegre, y me decía que necesitaba pecar mucho y arrepentirme aún más, porque Él es muy bueno y muy sabio, y perdona a quien se arrepiente de corazón. Que yo no tenía oportunidad, porque era un niño bueno, incapaz de pensar en el mal.

Ayer, al salir del trabajo, empezó a caer una lluvia menuda, iluminada por el sol de la tarde. Aunque iba solo, pensando, sentí la mano de mi abuelita sosteniendo la mía, mirándome desde el cielo, perdonándome todo.
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