asteartea

Gonzalo

Cuando hace calor, Gonzalo se refugia en la sombra, como todo el mundo. Camina lentamente por debajo de un sol que derrite todo, como en un sueño de Dalí.

Y eso es importante porque, si en algo se especializa Gonzalo, es en soñar. Sus imágenes traspasan sus ojos, se vuelven árboles, arroyos, cosas que aún no tienen un nombre.

Cuando se cansa, Gonzalo busca un sillón, tan grande como mullido, y desde allí ve pasar el tiempo. ¿Se preguntará qué es el tiempo, estará hecho de algo que pueda beberse, comerse?

Tiene hambre. Lo hace saber y de la despensa vuelan dos palomas que le sirven, por la mañana salmón, por la tarde ternera. La vida es eso, jugar, correr un poco y mirar como el oro del sol lo inunda todo.

Sus ojos descienden al fondo del recipiente lleno de agua; ve su cara rubia, la de toda la vida, ¿y su hermano?, ¿qué será de él?

De pronto todo se vuelve un poco gris: la comida -salmón para la mañana y ternera para la tarde- se amarga un poco. Como sea, sabe dónde encontrarlo.

Remonta aguas arriba en el sueño, hecho de tanta memoria, que parece imposible que se necesite la vigilia para vivir. Se reconocen al instante, se siguen, se cuentan la vida. La Vida.

Cuando llega la noche, Gonzalo se prepara, como todos, para salir de cacería: la noche no conoce de propiedad, se dice, y salta con agilidad sobre una barda, sobre las tapias y los árboles. Encima de ellos domina la ciudad que duerme.

No comprende las luces que titilan, a lo lejos, como decenas de ojos insomnes; ¿quién podría necesitarlas si lo urgente ahora es el sigilo, el paso silencioso?

Los amores de los perros se ven, de los gatos se escuchan y de los hombres se saben, escuchó alguna vez. Tanta noche vivida le permite validar esa afirmación. El amor, la vida, el hermano perdido -¿dónde estará mi hermano, qué será de él?

Llega exhausto al alba, cinco minutos antes del desayuno -salmón, no falla-, y me mira con una sonrisa oculta. La noche ha sido especialmente difícil: un surco rojo le atraviesa la cara, pero pasará, como todo en esta vida.

Cuando termina de comer, sube al sillón y duerme. Y sueña porque, como cualquier otro gato, es lo que mejor sabe hacer.
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