larunbata

Los muertos no salen bien en las fotos

No lo había tomado en cuenta hasta que vi su foto en la televisión: no era precisamente guapa, ni fea, ni tenía un rasgo distintivo: era una muchacha como cualquier otra.

Pensé en que, quizá, la hubiera conocido en el supermercado o quizá pagando algún servicio en la oficina de gobierno en que trabajo. Quizá la habría saludado y tal vez hasta me habría dicho su nombre.

Claro que saldríamos. Iríamos por helados -de vainilla para ella, de menta para mi-, pasaríamos lentamente por las calles del Centro y, quién sabe, quizá quedaríamos una vez más.

En esa ocasión llevaría mi cámara -soy un poco miope y mi memoria es muy mala-, y le robaría un retrato mientras mira con desparpajo al cielo. Ella se enojaría un poco, luego menos, arrugaría un poco la nariz y se echaría a reír, quitándome la cámara de las manos.

Luego de un par de cafés y helados -de vainilla para la dama, menta para el caballero-, nos despediríamos antes de que perdiera el vuelo. Yo aprovecharía para imprimir su retrato y guardarlo secretamente entre los archiveros del trabajo.

Lejos de ella me sentaría, como cada mañana, a echar un ojo al periódico, otro al noticiero y uno más al café que hierve -cosa rara esta multiplicación de los ojos en la mañana-. Me sorprendería su foto en las noticias, junto con la de tanta gente que, sin consultarnos o desearlo, simplemente desaparece.

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