igandea

Preocupaciones

Nunca he entendido muy bien cómo funcionan las necesidades humanas. Será que comer, como lo que sea, duermo en cualquier lugar, amo en el momento que se presenta la ocasión. No hay más allá.

Será que tampoco tengo aspiraciones más allá de esto. Si hoy hace calor, busco la sombra hasta que siento el frío, y si hace frío, corro para calentarme, no necesito más.

Pero que no se me malinterprete: claro que tengo sueños. Como dicen, yo fui el que sobresalía en mi camada: no sólo era rubio, también era inteligente, aunque las casas, los lugares cerrados, no eran para mi.

Por eso tomé este camino y andando lo encontré: parecía un perro viejo, sarnoso y con el aroma de quien no ha tocado el agua en años. Con todo, fue el primero que me dio un pedazo de tortilla luego de vario tiempo sin comer.

Aunque no comprendo muchas cosas, sí que entiendo de lealtad: es algo que la familia valora mucho desde hace siglos, sin exagerar. Así que me quedé con él, quizá menos por ayudarle que porque era una mascota divertida.

Cada mañana salíamos de debajo de un puente, donde teníamos nuestra casa. Allí se duerme realmente bien, con el calor de los cartones que se parece tanto al de mamá. Caminábamos aparentemente sin rumbo, pero siempre dábamos a la misma iglesia, con su huerto lleno de árboles tan atractivos para, ahm, ya saben.

Siempre se quedaba viendo a la puerta, muy serio, como si esperara algo. En cuanto sonaban las campanas, corría muy rápido, será que lo espantaban. Sé qué es eso: si estalla un petardo no hay galgo que me gane.

Luego de eso vagábamos un poco más, buscando entre los botes de basura. Mi olfato es muy fino: sé determinar con precisión cuanto falta para que algo se descomponer, así que jamás corrimos peligro de morir por envenenamiento.

Se sentaba en un portal, estirando la mano, viendo hacia arriba a los que pasaban, con una cara tristísima. A veces lo acompañaba, no faltaba un buen cristiano que nos diera algo que estaba comiendo, aunque la mayoría nos daba monedas.

Cuando me aburría, que era la mayor parte del tiempo, me gustaba meterme en la fuente que estaba en una plaza cercana, corretear a las palomas o las burbujas que tiraban los niños. Al principio me veían con recelo, lógico, pero luego me hice tan familiar que hasta un nombre me dieron.

Luego de comer, venía la mejor parte del día: solía pasarse las tardes contando historias de una familia y una casa en el campo, que dejó luego de no sé qué drama, que luego tuvo problemas con el alcohol y la soledad y que entonces llegué yo.

No sé quién dijo que los niños y los borrachos dicen la verdad: siempre contaba una historia distinta (¿o serían porciones diferentes de la misma?), pero siempre terminaba igual: algún día volveré a mi casa, estaré con mis hijos, seré feliz.

Si eso pasó o no es algo que no puedo decir. Lo que sé es que una noche, más lluviosa que lo normal, se quedó dormido en el puente y no se movió, por más que lo intenté. Como la lluvia apretaba, corrí hacia el único lugar seco que recordaba, la iglesia.

Luego de arañar la puerta, se apareció allí, vestido todo de blanco, con la mirada serena, ¡y bañado! Me dio mucho gusto ver que sí había vuelto a casa y me hubiese gustado estar limpio antes de entrar a su casa, pero ya se sabe que es cosa difícil en la calle.

Entendí al poco tiempo -no por nada era el más despierto de mi camada- que no era él, sino su hermano. Comprendí que algo pasaba porque, al abrazarme, comenzó a llorar, pero no entendí bien qué era tan triste, porque la gente tiene formas raras de hacer las cosas.

Desde entonces vivo allí, en la sacristía. Y aunque me dan de comer y un buen lugar donde dormir, nada es gratis: cazo ratones y ahuyento a los distraídos ladrones que llegan a saltar la vieja tapia: si supieran que a duras penas sobrevivimos el cura, el sacristán y su familia y yo, quizá hasta nos dejarían algo de comer.

La vida es simple: como cuando tengo hambre, si hace frío busco el calor, si tengo sueño, duermo. El amor lo dejo para los jóvenes, ya saben que perro viejo no aprende truco nuevo. Por eso es que no entiendo porqué la gente se preocupa tanto.

Argitaratu iruzkina