astelehena

Retratos

Como buen fotógrafo, uno de mis primeros ejercicios fue hacer retratos. No siempre lograba las mejores tomas, aunque algunas sí que me quedaron bastante divertidas, me gustaba esa sensación poderosa de poder detener el tiempo, de guardar la imagen de una persona en un momento específico.

Era relativamente sencillo convencer a las personas de hacerlo: todos tenemos la curiosidad de conocer cómo nos ven los otros, de qué forma aparecemos ante los demás. Incluso, en algunas sesiones de fotos, la idea era regresar a la infancia, jugar de nuevo.

Así logré algunas de las imágenes más memorables en mi corta carrera de retratista aficionado. Tuve las fotos de una guapa muchacha, de mirada melancólica; las manos de una artista e incluso algunas expresiones de sorpresa de una modelo... era realmente divertido.

Por ese entonces no comprendía que un retrato es más que una imagen: es mostrar al otro cómo lo vemos, de que manera podemos percibirlo y queremos recordarlo. Si una fotografía es un medio para apropiarse de la vida, un retrato es una forma de capturar el alma y hacerla propia.

Sería imposible que en esta transacción no perdiera algo el artista. En ese caso, pierde un poco de intimidad, la otra persona se da cuenta de lo que significa, de cómo es mirada y eso siempre es incómodo. También deja un poco de su alma impresa en el papel, por lo que todo retrato es un documento que nos trasciende.

Sucede que, además de fotógrafo, soy un gran cobarde. Cuando caí en esta cuenta, decidí dejar de hacer retratos. Ahora tomo paisajes, flores, piedras o animales. Sólo soy capaz de retratar a la gente que quiero cerca, no hoy ni mañana, sino para ese campo inexplorado que llamamos eternidad.
Argitaratu iruzkina