asteazkena

Cartas

Cuando era pequeño, me gustaba escribir cartas. Mientras los demás niños jugaban fútbol durante los recesos en la escuela, yo me sentaba junto a la ventana a mirar largamente, hacia ninguna parte, y escribía.

Desde luego, de esos primeros intentos epistolares nada queda, cuando mucho una libreta llena de borradores. Nunca las enviaba, aunque entonces me inventaba destinatarios en destinos fabulosos, escribía cursilerías con tinta de colores y las cerraba.

Pensaba que, llegado el momento, les saldrían alas y llegarían a donde deberían estar. Porque para eso se escribe: para que una sola persona evoque algún sentimiento, para que se empoce y se haga parte de su memoria.

Con la adolescencia quizá perdí ese don. Prefería la inmediatez de lo electrónico, su impersonalidad; es práctico y conveniente: no se gasta papel, no se invierte casi tiempo y cumple la misma función, al menos en apariencia.

Ahora, a tanto tiempo de distancia, siento un poco de nostalgia por la letra escrita con mis manos (lo digo en plural porque soy ambidiestro). Detener el tiempo y dedicárselo a alguien en particular, dejar un reguero de luz en el papel, como sangre de luciérnaga en la noche, esperar en la oscura incertidumbre de la respuesta, si la hay.

Quizá vuelva a escribir cartas. Pero en esta ocasión, tendrán motivo y destino.
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