osteguna

De lo que hablo cuando hablo de correr

Para mis hermanos.

Aunque parece algo natural, no siempre lo es. Es una de esas maravillas cotidianas, como respirar o abrir los ojos y percibir que alguien dispuso un mundo lleno de colores para tomarlo, para vivir en armonía con él.

¿De qué escapa cuando el corredor pone los pies en el piso? ¿De la rutina, de sus propios fracasos, de sí mismo?¿Avanza hacia algún estado del alma, para alcanzar sus sueños, para no quedarse inmóvil, muerto?

Es curioso cómo empieza todo. Te preparas desde antes de despertarte, calculando cuánto avanzaras hoy, sintiendo cómo las fuerzas se van acumulando en las piernas y el corazón. Antes de salir, descubres cada uno de los músculos de tu cuerpo, respiras, te sientes vivo.

Instantes antes de empezar, la sangre se agolpa en las manos, en las sienes; el mundo late bajo la batuta de tu corazón. Aparecen algunos viejos dolores, como miedos traicioneros, para desalentarte: muchos abandonan en ese momento la idea de correr sin aparente motivo.

La música ayuda, claro. Pero también el silencio, el canto de los árboles y los carros pasando al lado, el jadeo de otros corredores que también se enfrentan a sus propios demonios, pero tienen el tiempo de desearte buena suerte a la distancia. Aunque corra para él, un corredor nunca está sólo.

Correr no es acumular kilómetros, al menos para mí. Ni medallas, aunque importan, desde luego. Es sentirse parte de algo mas grande, es agradecer por poderlo hacer. Es convertirse en una fuerza de la naturaleza, como el viento o las nubes, y pasar lo más rápido posible por el mundo, para que tenga mas tiempo de recordarnos.
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