ostirala

El camino de la cabra

Llegamos a la última estación del metro sin resuello. Con las últimas fuerzas, mi hermano sacó una moneda de 20 pesos de su bolsillo.

- Compra los boletos para regresar.

Me molesté un poco. Habíamos caminado durante cinco horas por la ciudad, bajo el rayo del sol, sin tomar agua, cuidándola y corriendo cuando se nos escapaba, ¡y tenía dinero para pagar el pasaje!

En medio de mi indignación, saqué un billete de 50 pesos y compré los boletos. Entramos con el sigilo que nos viene de herencia, como buenos escritores vasco judíos, y pasamos los tres por el umbral de la estación. Un balido justo antes de pasar el torniquete nos heló la sangre.

- Ella también paga, 'mai'- nos gritó, desde el fondo de la estación, un policía chaparro y gordo que no separaba los ojos de su móvil. Tuve qué salir a comprar otro boleto.

I
Debo aceptar que el cuadro era bastante exótico: dos escritores judíos, uno de ellos excepcionalmente inteligente y el otro apenas crítico de cine, ambos con buena plática y cierta afición por el café. Entre ellos, una cabra -no una cabra grande, ni chica, sino una cabra como suelen ser las cabras.

Sigo sin comprender dónde se nos pegó. No sé si fue a la salida del periódico en el que paso horas vegetando, destripando películas románticas, porque justo afuera había una manifestación de campesinos pidiendo más abono para sus granjas, ubicadas en medio de los pantanos de Tabasco; también pudo ser mientras comíamos birria en un mercado cercano y que, viéndonos como los gallardos y veloces caballeros que podemos ser, si nos sentimos amenazados, nos vió como sus salvadores...

Lo más probable es que se nos haya unido al salir de la función de prensa de la nueva película de Angelina Jolie, a la que suele ir todo tipo de fauna: desde blogueros hasta reporteros de espectáculos, desde 'intelectuales' que andan siempre con el Resnais en los labios, pero que se echan también todas las de Martha Higareda, hasta los que vamos obligados por el hambre.

Seguramente era la mascota de alguno de ellos que, cansada de su plática que aburre hasta a las ovejas, decidió cambiar de aires. El hecho es que, de pronto, nos encontramos afuera de un cine con una cabra en brazos y sin un rumbo fijo.

II
Chalco. Eso fue lo que se nos ocurrió cuando pensamos en un lugar donde podríamos liberar a la cabra en un ambiente natural, lejos de taqueros que amenazaran su vida. Así que decidimos ponernos en marcha.

La cabra nos seguía de muy buena gana. Quizá sea por los granos de café que le dábamos, o porque íbamos deshojándole la última novela de Xavier Velasco para que tuviera algo que rumiar -porque, merced a su buen gusto literario, no la tragaba-, pero iba de lo más tranquila, caminando rumbo al Circuito Interior.

Teníamos poca información biográfica de la cabra. Sabíamos que era blanca, balaba, tenía cuatro patas y, a ojo, unos 10 kilos de peso. También tenía una plaquita de identificación, donde se decía que su nombre era Bellie y venía de Nueva Zelanda, pero no tenía la dirección de sus dueños, entrenadores o engordadores. Incluso, a pesar de sus protestas, la pusimos de cabeza para ver si no tenía algún dato que nos ayudará a llevarla a su casa: allí nos dimos cuenta que era toda una dama.

El punto es que, supongo que por la relación amistosa que durante siglos hemos guardado judíos y cabras, no nos dejaban subir en el metro. También supongo que el hecho de que mi hermano se dejara crecer la barba y que yo estuviera vestido completamente de negro, le hizo pensar al oficial en turno que haríamos algún rito satánico entre Zapata y Coyoacán.

Lejos de reclamarles su poca sensibilidad, salimos del metro e intentamos infructuosamente abordar un taxi; incluso algún infame ruletero nos gritó que volviéramos a nuestro pueblo. Luego de dos horas de intentarlo, empezamos a considerar la posibilidad de llegar caminando.

III
- Es un perro, de una raza yugoslava. Si fuera cabra tendría cuernos, ¿no?

Mentí con todas mis fuerzas al abordar el microbús en Churubusco. No sé si fue mi capacidad para convencer, el poco conocimiento zoológico del chófer o que habían dos patrullas de tránsito pisándole los talones, pero al final nos dejó subir, previo pago de 12 pesos extra por el perrito.

Apenas dos cuadras después sucedió una tragedia: justo frente a una taquería, Bellie soltó un balido que bien pudo resucitar a todas las cabras sacrificadas desde el origen de los tiempos.

Obviamente el chófer notó algo extraño en el peculiar ladrido de nuestro perro, por lo que nos mandó a tomar aire 'con todo y chivas', literalmente.

¿Conoces la expresión 'meterse en la boca del lobo'? Supongo que la pobre Bellie la entendió cuando paramos en esa taquería de Iztacalco, donde comía cilantro mientras veía de reojo al taquero afinando el cuchillo.

No sabíamos qué hacer: nuestro dinero iba menguando a la misma velocidad que nuestras fuerzas, aún más cuando descubrí que tenía un pequeño agujero en los bolsillos que permitía a mi tobillo sentir los objetos que introducía en el pantalón.

Así, sin dinero, cansados, en Iztacalco y con una cabra, decidimos seguir peregrinando.

IV
Supongo que la visión que tuvo el patriarca Moisés de la Tierra Prometida es la única que se puede equiparar a la que tuvimos nosotros cuando llegamos al Bordo de Xochiaca.

En nada nos parecíamos a los dos intelectuales que, tres horas antes, discutían acerca del talento histriónico de Angelina Jolie en películas como Tomb Raider o Agente Salt. Ahora, ajados, polvosos y con una cabra a cuestas que cargábamos por turnos, parecíamos en verdad pastores que buscaban las aguas del Mar Rojo.

Según el mapa que revisamos en el móvil, estábamos a unos cuantos centímetros de llegar a Chalco, la Tierra Prometida de Bellie y el fin de nuestra travesía. Pero el destino es un escritor cruel, y nos tenía reservada otra sorpresa.

Justo antes de llegar a Santa Martha Acatitla, vimos otros pastores -más modernos, ellos iban en camionetas y nosotros a buen paso semítico-, que llevaban sus cabras al mismo sitio.

- ¿También van a la feria de la barbacoa en Chalco? Los llevamos, para que no se canse el animalito.

Quiero pensar que mi hermano juzgó que yo tenía fuerza suficiente para seguir cuando les contestó: no, él nació cansado.

Ahora no sólo estábamos cansados: nuestras ilusiones estaban completamente enterradas en un horno para barbacoa.

V
Llegamos al metro sin ilusiones. Cansado, mi hermano extrajo una brillante moneda de 20 pesos, de esas que tienen la estreñida faz de Octavio Paz afeándola.

Justo cuando estaba buscando en mi saco un objeto contundente para hacer lo que haría todo buen judío desde los tiempos del justo Abel, recordé que guardo la cartera en el saco, porque suelo romper los bolsillos de los pantalones desde que tenía unos tres años.

Una de las ventajas de abordar el metro en la terminal es que puedes elegir el asiento que prefieras. Eso operó en el caso de Bellie, que se sentó junto a la ventana. Se veía más contenta aún, admirando cómo pasaban las luces por el cristal.

Quedaba un problema por resolver: ¿qué hacer con ella? Un cocido o un buen caldo estaban descartados, por el momento. Decidimos ir a mi departamento para discutir los problemas éticos que supone comerte a alguien que ha vivido medio día contigo.

VI
Pensé que, ante el alto nivel cultural de mi casera que nació, creció, se reprodujo y seguramente será enterrada en el suelo santo de la Condesa, no se tragaría el cuento del perro yugoslavo.

No sólo eso: nos contó que ella había tenido uno igualito, pero que unos grotescos inquilinos argentinos se lo habían zampado en un asado. El punto es que, a la mejor memoria de su mascota, sádicamente aderezada con chimichurri y acompañada con papas y berenjenas, sacrificadas sin necesidad, dejó que Bellie se quedará con nosotros.

Al terminar el día, por fin un cuento de judíos tenía final feliz.

EPÍLOGO
Desde hace un par de años, Bellie es parte de la familia. Asiste a las bodas, canta en los cumpleaños y ayuda a mantener lejos a los ladrones, posiblemente por los nada tiernos cuernos que coronan su cabeza.

Yo creo que la casera ya descubrió que no es un perro, aunque igual sigue trayéndole croquetas de vez en cuando. Desde hace por lo menos unos 14 meses, ya tomo café con leche (de cabra, desde luego) y estoy empezando a considerar la incursión en el negocio de los quesos.

Bellie resultó ser muy selectiva con su alimentación, además de una fantástica crítica literaria: mientras devora con avidez clásicos como La Divina Comedia, el único libro de Daniel Krauze sólo lo probó después de pasar una semana sin poder ir al baño adecuadamente. Allí comprobé que hasta los malos tomos pueden ser útiles laxantes.

No nos hemos preocupado por encontrar a sus legítimos dueños, aunque quizá deberíamos: cada tercer día aparece por lo menos un taquero al acecho en la acera del frente.
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