asteazkena

Esperar

La espera es un arte que no domino. Nunca he sabido cuándo, cuánto es debido, y pasa con todo en la vida: no importa si es un café, un sueño o una promesa, a veces espero de más... y otras tantas espero de menos.

Supongo que será más fácil para las piedras, pues su función primordial es esperar por ver cómo acaba el mundo. Eso o esperar la mano que las levante, que las haga cimiento de algo o que las lance lejos, en un juego de niños, para alcanzar el infinito.

He conocido a gente que sabe esperar. Se le nota en los ojos, que son calmos y, por lo regular, apagados, acostumbrados a latir con un fuego sereno, que ilumina y no consume. Se sientan al borde de la vida para levantarse, una sola vez, y al parecer para siempre.

Nunca he sabido si fallan o no, parecen tener atado al corazón un cronómetro tan preciso que las cosas se acomodan al tono de sus suspiros. Saben cuándo hablar y también cuándo callar, cuándo las cosas son suficientes y cuándo deben esperar un poco más, aunque los años se les caigan de las manos.

No me gustaría imitarlos, no podría. El fuego de mis ojos no suele servir para calentar una noche tibia: abrasa cuanto puede, no esperan mis labios o mis manos para dar las palabras que creo necesarias. Soy, ante todo, un hombre acostumbrado a resolver o agravar las cosas al instante.

La gente que espera tiene la sombra firme, y por donde pasa deja huella. Me sé efímero y latente, sé que no puedo esperar algo que no puedo ver. Y en ello me va la vida.
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