osteguna

La de ayer no fue una noche grata. Se colaron entre mis sueños algunos miedos viejos, algunas incertidumbres que creí enterradas en el pasado.

Entraron sigilosamente, sin hacer ruido, se posaron en mis ojos, en mi boca, no dejaron que la realidad o el sueño me salvara, me sacara de ese laberinto hecho de brea. Tuve miedo.

Y es que con los temores no hay de otra: o te vencen o los vences, o te matan o ,os haces desaparecer. Pero al desaparecer estos miedos, vendrán otros a ocupar su lugar, quizá de una forma más tiránica, quizá más dramática.

Entre los ruidos de la noche se coló la piel de un gato que parecía llevar varios días de muerto. Los zumbidos de los mosquitos tenían un cierto tono de amenaza, la casa se hizo amplia como boca de lobo. Me sentí sólo.

Me levanté y tomé aire. Fui por un poco de agua, y el camino parecía inmenso, sin sentido. Di vueltas por el cuarto, tratando de encontrar el grifo que no se ha movido en milenios. En lugar de agua, me bebí de un sólo golpe todas las lágrimas que he derramado en silencio.

Respiré. Mis manos aparecieron en la oscuridad, como dos luces pálidas entre las sombras. Me aferré a ellas, mi herramienta de trabajo. Me sentí pequeño, vulnerable.

Es difícil para un hombre sentir miedo, no es lo que se espera, pero sólo reconociendo los temores podemos vencerlos. Un hombre valiente no es el que vence todos sus miedos, sino el que los conoce y los enfrenta por defender a quien lleva en el corazón.

Creo que me estoy haciendo valiente. Pero aun tengo miedo.
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