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Catedrales

Nunca lo pensé como un método, como un lugar seguro dónde esconderme. De hecho, a lo largo de mi vida la Catedral ha sido escenario de algunas anécdotas tristes que no logro recordar del todo.

La primera imagen que viene a mi memoria -como sabes, hecha más con imágenes ajenas que propias-, fue la de un Cristo negro que, según la leyenda, absorbió el veneno que mataría a un obispo.

No soy religioso, y suelo dudar mucho de las historias que me cuentan, pero, ¿y si fuera una metáfora, si pudiéramos absorber el mal del mundo y sacarlo, aunque terminemos negros en el intento?

Desde entonces -tendría, quizá, unos cinco años-, la Catedral tiene una carga simbólica diferente para mi. Es el lugar en el que pienso, más aún que en cualquier otro lado, es donde puedo descansar del correr del tiempo, es donde puedo soñar.

Y soñar, ya se sabe, es tan nutritivo como el pescado. De esos sueños, delirios gozosos, han nacido las grandes decisiones de mi vida, de ese contraste raro entre un lugar frío, pero lleno de luz. La poesía nació de un juego de luces que nadaba en la pila del agua bendita, por lo regular siempre seca; la foto también es un regalo de la luz que se filtra en los rincones más oscuros, las capillas pequeñas...

Me gusta observar, y la penúltima banca es el mejor punto para hacerlo. Allí puedes ver a la gente con sus máscaras: algunas barrocas, otras de piedra o porcelana y, las menos, tan transparentes que su duelo o alegría es casi contagiosa. Me gustan las máscaras.

Desde que comprendí las formas en que la luz inspira en ese punto específico, entendí que somos una metáfora del mundo y que el corazón debería ser nuestra catedral portátil, un lugar que no importa el sitio en el que nos encontremos, siempre será un refugio.

A veces, cuando no puedo sentarme en algún rincón de la Catedral para contemplar la vida, y me siento agobiado o triste, cierro los ojos y remonto el vuelo. Llego con la imagen de alguien que ha caminado por años -y lo he hecho: te sorprendería saber desde dónde vengo-, llego triste, cargado de la sombra propia de la vida.

Esa es otra imagen: degustar sombras. Terminar con la parte triste del sueño, ver cómo ha dejado de llover y disfrutar el aroma que deja la vida tras de sí. Dejar de pensar en el tiempo, vivir finalmente dentro del corazón, sin temor de ningún tipo.

Siempre he ido solo a la Catedral; es un espacio importante para estar callado, para contemplar. Por eso sería un sueño ir, alguna vez, a compartir la ausencia del tiempo, a limpiar las lágrimas; en fin, a compartir ese silencio especial que antecede a la vida.
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