ostirala

Esperar

Quien espera está envenenado, pero posiblemente no lo sepa. El que espera sueña, tiene una certeza fundada sobre las nubes, sabe que la incertidumbre ronda. Quien espera está condenado.

Sabe que las cosas llegarán, a su debido tiempo. Tiene la palabra de un músculo mecánico, de una idea. Pero las ideas sólo son aire caliente que se acumula, que ciega a aquel que lo contiene por mucho tiempo.

Suelen fumar durante las tardes lluviosas, mirar al cielo, callar. O hablar de mas, bromean, parecen despreocupados, confiados en que siempre tras un minuto habrá otro, y en aquel instante decisivo estarán preparados para tener razón.

Se los ve solitarios, taciturnos, acechantes a veces, a la espera de la menor distracción del destino para cambiar al mundo según sus condiciones, según sus sueños. ¡Oh, maravillosos cardos que se creen juncos!

También suspiran, porque piensan que ese aliento llegará, en forma de inspiración, al pecho de la persona que se espera. Quien espera suele vivir de sombras, suele soñar de más.

Quien espera no recuerda que, en la caja de los males del mundo, el último que salió fue la esperanza.
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