asteazkena

Memoria

Tengo cada vez más problemas para recordar las cosas. A veces, cuando despierto, no logro siquiera reconocer mi cama, mi habitación, mi rostro.

No es algo nuevo. Desde pequeño, me guío más por las memorias ajenas que por las propias, tan poco fieles que también son propensas a la imaginación.

Y es que quien no recuerda, desea haber vivido, que las cosas tengan una historia propia, que todo cuente algo.

Por eso pongo tanta atención en la vida que pasa: me esfuerzo por recordar el pájaro que acompaña, con su canto, el aroma a pan nuevo que surge en las mañanas; la señora que me ve con sorpresa cuando la veo correr con sus hijos; la gota indecisa de un grifo que no cerré bien para tener compañía...

Desde luego hay cosas que permanecen. Una iglesia que desconozco, pero que se asoma a mi ventana para recordar su existencia, las nubes que, no siendo las mismas, tienen memoria del mar o río que fueron, las paredes, todavía blancas.

Sobre todo hay, encima de mi mesa, una pequeña botella de vino casi vacía. Dos pequeños ramilletes de flores lo habitan: me las dieron hace algunos meses -o eso creo- y aún siguen allí, con pasividad, viendo como corre el tiempo.

Me recuerdan a quien me las dio: esas manos que crean el mundo, esos ojos que le dan sentido. Y entonces sonrío un poco.

Poca cosa pueden parecer estas flores en una botella, el no pedir más que lo que se desea dar. Pero para alguien que nace en cada día, simboliza que se ha vivido bien y en la mejor compañía.

Argitaratu iruzkina