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Padre

Mi padre fue un soñador. No es una metáfora: gran parte de su vida la pasó soñando, yéndose lejos, cerrando los ojos ante la vida.

Creo que no es necesario decir que siempre estuvo ausente. Por las mañanas, cuando aún tenía conciencia, solía tomar con amargura una taza de café antes de salir a la calle: para él era un sufrimiento constante encontrar gente, hablar.

Contaba historias que nunca sucedieron, aunque de niños las creíamos a pie juntillas: todavía me sorprendo argumentando que es posible que, durante las noches, los gatos remontan el vuelo hacia un país en el que reinan y son felices.

Era un soñador y, como tal, hacia cosas extrañas. Un día dejó de comer, porque eso le producía un desconcierto innecesario. Si tenía hambre, remontaba hacia el sueño para alimentarse de cualquier cosa que su imaginación le ofreciera.

Nadie lo dice, pero los sueños son la droga más poderosa y adictiva que existe. Alteran la visión de la realidad, nos distancian del mundo, nos separan de la vida. Pero, al mismo tiempo, hacen que valga la pena vivir.

Tiene algunos años que no he visto a mi padre. La última vez lo vi caminar, con la mirada quemada, atento al suelo, como buscando algo que perdió. No me reconoció, o eso creo, y siguió su camino. Yo lo vi, a lo lejos, elevándose entre las nubes y mezclándose con el cielo sin darse cuenta.

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